Domingo
Moreno Jimenes nació en la ciudad de Santiago de los
Caballeros el 7 de enero de 1894, fruto del matrimonio formado
por Domingo Moreno Arriaga y María Josefa Jimenes,
hija de Juan Isidro Jimenes, quien fuera Presidente de la
República Dominicana en 1899 y 1914.
Cursó su educación básica en la escuela
primaria San Luis Gonzaga y se graduó de Maestro Normal
de Segunda Enseñaza en la Escuela de Bachilleres de
Santo Domingo dirigida por Federico Henríquez y Carvajal.
Se inició muy joven en el magisterio llegando a ser
director de la Escuela Primaria Graduada de Sabaneta (Santiago
Rodríguez) en dos ocasiones (1918 y 1926) y profesor
de la Escuela Normal de San Pedro de Macorís. También
dirigió el Instituto de Poesía Osvaldo Bazil
(1950-1970), fundado a instancia suya en San Cristóbal
por el dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina.
Es uno de los puntales de la poesía contemporánea.
Su obra presenta a un poeta intuitivo, con graves preocupaciones
sobre la existencia del hombre. Sus inicios revelan un énfasis
marcadamente modernista, aunque siempre ajeno al deslumbramiento
verbal.
Sus primeros versos fueron divulgados en las revistas Páginas,
Renacimiento y Letras. En 1921 junto a Rafael Augusto Zorrilla,
Andrés Avelino, Vigil Díaz y Francisco Ulises
Domínguez, anunció en la revista La Cuna de
América, el nacimiento del Postumismo, movimiento poético
que patentizó, mediante el uso de elementos genuinamente
nacionales, el versolibrismo iniciado por Vigil Díaz
en la segunda década del siglo XX.
Moreno Jimenes mantuvo hasta los últimos días
de su vida un espíritu de combate que lo hizo estar
presente en todos los acontecimientos literarios de significación,
entre ellos Los Nuevos y La poesía sorprendida.
Dirigió El día estético, revista "indo-universal
de vanguardia", como también rezaba en la portada.
Algunas de sus ediciones se hicieron en San Pedro de Macorís
y en Santiago.
Fue condecorado en 1967 por su labor poética que abarcó
más de medio siglo.
Falleció en Santo Domingo el 23 de septiembre de 1986.
Poemas
Poema
de la hija reintegrada
Agonía
I
Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena
o si la vida es amarga;
sólo te aconsejo que despiertes, adulta de
comprensión más que tu Padre!
II
Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir:
una sábana blanca serán tus días,
una sábana blanca será tu pasado
y tu recuerdo una estrella que frente a frente
me iluminará el porvenir!
III
No sé por qué tu agotamiento
me trae una recóndita dicha anegada de lágrimas,
que me hace auscultar el corazón de la tarde.
IV
Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos.
V
Hija, hazme tomar la resolución de los otros:
vuelve mi proa añicos
y mi voluntad una piragua;
que nada sea mío desde hoy, que no quiera
poseer nada mañana;
desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme;
sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza;
hazme entero el milagro de darme todo a los elementos,
como si fuera en sustanciación un ser increado!...
VI
Tu vida fue microscópica, pero grande;
el segundo de tu existir, eterno!
VII
Hija, cuántas nubes,
cuántos pájaros,
cuántos horizontes insospechados me abre
en el amanecer tu ruta!
VIII
Hija mía, para ti la mañana no será clara
ni fresca;
verás envuelta el alba en la noche,
y las cosas de mayor transparencia
tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo.
IX
En este mundo donde sólo se premia la
capacidad de fingir mejor,
era justo que llegaras, y después de breves instantes,
ya estuvieras confundida con la cal y con la
mariposa, con el carbón y con la piedra.
X
¡Cómo me alivianas la sombra, al advertir
desde que te dormiste que en mi
derredor todo es sombra!
XI
¡Oh tú, que me enseñaste desde que naciste
a ver la vida con ojo más sabio
y a la humanidad con ojo más triste!
Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría
de los seres mudables el ser tristes?
Triste fue la faz de la tierra cuando se
desperezó el primer hombre!
Triste tiene que quedar la tierra cuando se
desentuma en su regazo el último hombre!
XII
¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir:
boleta de la tumba
Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez,
la preferida mía.
XIII
Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera;
por ti no cambié
y la fortuna no me sonreirá nunca!
XIV
Hija, cada vez que examino tu vida
me doy cuenta que tú eres como mi vida:
una sombra entre dos crepúsculos!
XV
Iba a decir entre dos agotadoras auroras
y ya ves, reincindí, sin querer, entre dos crepúsculos!
XVI
¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te
debas parecer al crepúsculo?
XVII
Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda:
Dios dio desnudo a los hombres el verbo,
y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo!
XVIII
Toda filigrana de síntesis es una profanación
¿verdad, hija mía?
Ya no te puedo buscar sin parcializaciones,
sin atributo contingente:
¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente,
el vaho de las cosas!
XIX
No te puedo asir con una palabra,
y no debe extrañarte, recónditamente,
porque estás para mí más alta que la
región
de las palabras!
XX
Y vuelvo a caer en las comparaciones.
¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!
XXI
Miserable hombre que osa creer que
después de la sombra la vida es vida!
XXII
De imperfecciones se forman nuestras excelencias
y es toda la existencia del hombre un brazo tendido
hacia el turbio por qué de los enigmas!
XXIII
-Tiene el pulso demasiado débil,
pero este letargo no es la muerte-.
Su médico era mi propia almohada de cabecera
y yo quedé perplejo ante su callado
sufrimiento y la miseria de la vida!
XXIV
Si fuera bizco de pensamiento
y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras;
hija, iba a blasfemar por tu dolor... pero, ¡perdona!
XXV
¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos,
y ellos son más dueños de la tierra que los
hombres que comercian con ellos!
XXVI
¡Al través de los milenios, los hombres son
puñados de tierra
que se deforman a su antojo!
XXVII
Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos.
Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco
y a que lo negro no sea negro.
XXVIII
Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos,
cómo se agiganta la nada sobre la soledad
de tu aposento,
cómo nace y renace la esperanza por entre
los ámbitos de la vida!
XXIX
Tibien la leche, terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídemela hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi
pensamiento, cemento de mi alma.
XXX
(¡Eres, amada mía,
como flor del higüero joven,
como el azogue del crepúsculo,
como la diafanidad de la Naturaleza toda!).
XXXI
No seas padre; sé Hombre,
sencillamente.
¡Gira tu vida a tu derredor
y que tu amor a una abstracta "Humanidad"
no te haga olvidar jamás de que eres Hombre!
////////////////
El
diario de la aldea
¡Ay Dios, que ves el viento y ves la nube,
compadécete de mi alma
que es una nube fría en un cielo claro!
Mi andar no es andar de consciente sino
de sonámbulo;
llevo las manos en el aire
y el pensamiento en el azul;
llamo "madre" a las plantas
y a las margaritas "hermanas";
en cualquier riachuelo veo la faz de mi padre,
y los luceros, carbunclos de la noche,
son mis "hijos".
Esta síntesis del mundo que llevo conmigo
a veces me sume en la tiniebla;
¡pero siempre me arrastra a la luz!
Oh naturaleza, ¿qué mal te he hecho
para que me castigues con una carga tan
desapacible?
Yo sé que vine del misterio,
pero los cambiantes de la vida son más inexplicables
que las flaquezas de la muerte, o que
la sencillez de la nada.
Tú no me podrás dar la alegría riente
de lejanos días y lejanos tiempos;
en ti vengo a curarme de viejos males,
en ti vengo a reposar.
El pájaro herido busca el antiguo albergue
de sus dichas.
Junto a aquella rama, yo soñé;
bajo la sombra de aquel árbol yo medité;
el susurrar del río ya no me sabe a música,
pero a
un despertar próximo me suena.
Mariposillas: no voléis,
brisas: no entremezcléis mi cabello cano.
¡Siga mi frente erguida y luminosa como
una antorcha!
Este hueco de cañada me recuerda la vida
y esta placidez de soledad me quiere como
hablar de niñez.
Yo fui un niño como todos los otros,
aunque un poco más cándido y más triste.
De ayer a hoy, ¡qué abismo!
y de ayer a mañana, ¡qué universo!
Con moras frescas me teñí las manos
y tengo la mirada cansada de soñar cosas tristes.
El cielo que tengo por delante no es doloroso;
pero el horizonte de mi vida presente, sí que lo es!
El maíz brillaba en las manos del hombre,
la polla se internaba entre los matorrales,
el cielo se encapotaba sereno.
¡Quién fuera madreselva!
¡Quién fuera río!
¡Quién fuera cañada!
Flores,
flores,
flores.
¡Oh mayo!
¡oh dolor!
Tal cuando el sol tramonta,
y las nubes oscuras se entretejen de grana
y los aires se llenan de infinitos vapores;
tal cuando la torcaz da el grito que espanta la
nidada y el ruiseñor;
tal cuando las montañas que están por arriba
de mi
cabeza sueñan;
tal cuando los árboles tiemblan y los arroyos cantan.
Relinchos de caballos en mi puerta,
más luego, pasos y voces;
a poco, un loco sobresalto de mi ser solamente;
en seguida, el sol, la alegría de los pájaros,
la mañana,
dos aldeanas rientes,
una mujer pálida,
dos niñas, sus hijas, enmascaradas de riguroso luto,
la cruz de un muerto,
mi estupefacción al ver, hasta el dolor
metamorfoseado de esa manera;
mi expresión: "vuestras lágrimas sean benditas";
al momento, mi pretexto de buscar la lechera.
Después... el campo y yo con el campo y los
pájaros, solo. |