Nació en Santo Domingo el 4 de abril de 1870. Hijo
de Joaquín Lugo Alfonseca y Cecilia Herrera Veras.
Realizó sus estudios en Santo Domingo, obteniendo los
títulos de Bachiller en Ciencias y Letras (1886), Licenciado
en Derecho (1890) y Doctor en Derecho (1916), estos dos últimos
en el Instituto Profesional. Como servidor público
representó a la República Dominicana en el Congreso
de Delegados Latinoamericanos celebrado en Río de Janeiro
(1909) y en la Cuarta Conferencia Pa-namericana de Buenos
Aires (1911).
También
fue Consejero de las Delegaciones Dominicanas en Europa y
los Estados Unidos (1913). Fundó el periódico
Patria (1921) y colaboró con el Listín Diario,
El Tiempo, Nuevo Régimen y El Progreso, así
como con varias revistas nacionales y extranjeras especializadas
en historia y literatura. Repudió abiertamente la primera
intervención norteamericana al país ocurrida
en 1916.
Su oposición
a la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina y su rechazo
a una tentadora propuesta económica de dicho régimen
para que escribiera la historia oficial dominicana del pasado
y del presente, lo inscribió en la lista de los enemigos
del gobierno. Sus investigaciones históricas las caracterizan
la erudición, el sentido crítico con que analizó
muchos capítulos de la historia nacional y la pureza
y agilidad de su prosa. Murió en Santo Domingo el 4
de agosto de 1952.
BIBLIOGRAFIA
ACTIVA
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de América, 1903.
CUENTO. Camafeos. La Vega: Tipografía El Día,
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TEATRO. Ensayos dramáticos. Santo Domingo: Imprenta
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dominicanos del siglo XIX. Santo Domingo: Publicaciones ONAP,
1985: 341-352.
http://www.escritoresdominicanos.com/lugo.html
Carta
de Américo Lugo a Rafale Leonidas Trujillo
INDEPENDENCIA
INTELECTUAL FRENTE A LA TIRANÍA DE TRUJILLO.
Carta
circulada clandestinamente donde se refleja el alto espíritu
moral de una de las más brillantes figuras de la intelectualidad
dominicana frente a la tiranía, y que la Librería
Dominicana se complace en reproducir para conocimiento general
y como homenaje a su autor, el doctor Américo Lugo.
Ciudad
Trujillo,
Distrito de Santo Domingo,
13 de Febrero de 1936
Generalísimo
Rafael L. Trujillo.
Presidente de la República.
CIUDAD
Honorable
Presidente:
En el
discurso pronunciado por Ud. el 26 de Enero último
al inaugurar el acueducto y el mercado de Esperanza, hace
Ud. una afirmación que no puedo dejar pasar por alto,
relativa al encargo que, a iniciativa de Ud. me fué
propuesto por el gobierno dominicano y que, aceptado por mí,
dió ocasión al contrato celebrado entre éste
y yo en fecha 18 de julio de 1935, y en virtud del cual me
he comprometido a escribir una nueva Historia de la Isla de
Santo Domingo. Dicha afirmación es la siguiente: "Que
Ud. me ha confiado el encargo de escribir, en calidad de Historiador
Oficial, la historia del pasado y del presente".
Me veo
en la necesidad de ocupar su elevada atención para
manifestarle que no me considero historiador oficial ni obligado
a escribir la historia de lo presente. No me considero historiador
oficial, porque mi convenio excluye por naturaleza de toda
idea de subordinación y debe ser cumplido exclusivamente
bajo los dictados de mi conciencia.
No recibo
órdenes de nadie y escribo en un rincón de mi
casa. Tampoco me considero historiador del presente, porque,
por el contrario, la cláusula primera de mi contrato
con el Gobierno Dominicano excluye de manera expresa el escribir
la historia del presente. Dicha cláusula dice así:
"El doctor Américo Lugo se obliga frente al Gobierno
Dominicano a escribir una obra intitulada Historia de la Isla
de Santo Domingo, que constará de cuatro volúmenes
en octavo, de cuatrocientas páginas, más o menos,
cada volumen; la cual comprenderá el período
comprendido entre los años 1492 a 1899, o sea desde
el descubrimiento de la isla basta la última administración
del Presidente Ulises Heureaux inclusive.
A partir
de esa fecha, el Dr. Lugo se obliga a hacer en su obra un
recuento histórico de las demás administraciones".
"Recuento" significa: Enurneración, inventario".
En consecuencia, recuento histórico significa una enumeración
de sucesos históricos; pero de ningún modo significa
escribir la historia de dichos sucesos. Y un recuento es lo
único a que me he obligado, a contar de 1899 o sea
de la última administración del Presidente Heureaux.
El título
de historiador oficial carecía de sentido aplicado
a un historiador del pasado. No podría referirse sino
a la persona nombrada para escribir la historia de la administración
actual; y la historia de la administración actual está
excluida de mi Contrato, con el Gobierno Dominicano, como
lo está la de todas las demás administraciones
públicas posteriores al 26 de julio de 1899. Yo manifesté
al enviado de Ud. que mi deseo era y había sido siempre
no escribir historia sino hasta el año 1886 solamente.
Se me arguyó que mi historia quedaría muy atrás
para los estudiantes; y en obsequio de éstos convine
en alargarla hasta 1899 y en hacer un recuento o enumeración
de sucesos históricos a contar de esa fecha, pero nada
más.
A Ud.
no podía sorprenderle que yo me negase a traspasar
en mi historia, los linderos del siglo XX. Ud. recordará
que en Marzo de 1934 Ud. me ofreció una fuerte suma
de dinero para que yo salvara mi casa, a cambio de que yo
escribiera la Historia de la Década, lo cual era proponerme
que fuese su historiador oficial; y Ud. recordará así
mismo que preferí perder mi casa, como efectivamente
la perdí, contestando a Ud. en carta de fecha 4 de
abril de 1934 lo siguiente: "Yo podría ser, aunque
humilde, historiador, pero no historiógrafo... Creo
un error la resolución de escribir la historia de la
última década. Lo acontecido durante ella está
todavía demasiado palpitante.
Los sucesos
no son materia de la historia sino cuando son materia muerta.
Lo presente ha menester ser depurado, y sólo el tiempo
destila el licor de verdad dulce y útil para lo porvenir.
Todo cuanto se escribe sobre lo actual o lo inmediatamente
inactual, está fatalmente condenado a revisión.
La administración
del general Vásquez y la de Ud. sólo podrán
ser relatadas con imparcialidad en lo futuro. El juicio que
uno merece de la posteridad no depende nunca de lo que digan
sus contemporáneos; depende exclusivamente de uno mismo.
Aparte de estas consideraciones decisivas, yo no podría
escribir ese trozo de historia por dos razones: la primera,
mi falta de salud; la segunda, mi falta de recursos. Recibir
dinero por escribirla en mis presentes condiciones, tendría
el aire de vender mi pluma, y ésta no tiene precio".
No cabe
en lo posible que quién escribió a Ud. lo que
precede, acepte, ahora ni nunca, el cargo de Historiador Oficial.
Aunque Ud. hubiera de alcanzar y merecer todo lo que se propone
y dice en su discurso, de lo cual yo me alegraría por
el bien que reportaría el país, yo no sería
su historiógrafo. No puedo serlo de nadie. Un historiógrafo
o historiador oficial huele a palaciego y cortesano, y yo
soy la antítesis de todo eso.
No soy
ni puedo ser sino un humilde historiador de lo pasado, y sólo
como tal me he obligado con el Gobierno. Un historiador oficial
es un historiógrafo, y la diferencia que hay entre
simple historiador e historiógrafo ha sido magistralmente
expuesta por Voltaire en su "Diccionario Filosófico",
vocablo "Historiografía", en donde dice:
"Este título es muy distinto del título
de historiador. Se llama historiógrafo en Francia al
hombre de letras que está pensionado.
Es muy
difícil que el historiógrafo de un príncipe
no sea embustero, el de una república adula menos,
pero no dice todas las verdades. En China los historiógrafos
están encargados de coleccionar todos los títulos
originales referentes a una dinastía... Cada soberano
escoge su historiógrafo. Luis XIV nombró para
este cargo a Pellisson. . . "
También
se debe a mi exclusiva iniciativa la cláusula séptima
del referido contrato del 18 de julio de 1935, cláusula
que se refiere a la cesión de 5.000 ejemplares al Gobierno
Dominicano. Esta no me exigió nada; pero yo no hubiera
aceptado su oferta de escribir una historia sino a condición
de ofrecer, a mi vez, la manera de reembolsar ampliamente
la cantidad de dinero que costase escribirla y editarla. Es
mi firme voluntad, sean cuales fueren las condiciones en que
yo escriba mi Historia; poner desinteresadamente mi obra,
por algún tiempo, a disposición del Estado.
He aceptado
escribir una nueva historia de Santo Domingo a pesar de mi
poca idoneidad por la razón capital expresada en 1932,
en mi introducción al curso oral sobre historia colonial,
cuando digo: "El efecto más doloroso para nosotros
de la decadencia de la isla ha sido que, desde entonces, la
historia de ésta quedó enterrada en los archivos
coloniales; y allí está y estará hasta
que la rescate de la noción que la conciencia nacional
va creando de sí misma y tan poco a poco como lo requiere
el hecho de que la formación de la conciencia nacional
depende del conocimiento de la historia patria". Cuando
Ud. me propuso escribirla, envió a decirme que Ud.
consideraba que prestaría un servicio eminente a las
generaciones futuras aportando su concurso para que yo la
escribiera, y yo acepté, por mi parte, el escribirla,
con el único pero elevado propósito de contribuir,
siquiera modestamente, a la formación de la conciencia
nacional, que todavía no existe pero acepté
teniendo cuidado en evitar, como se vé en las cláusulas
primeras y séptima de mi contrato, que nadie pueda
erróneamente figurarse que pertenezco a la farándula
que sigue a Ud. como sigue a todos los potentados de la tierra,
tratando de medrar a cambio de lisonjas.
Creo
que, en honor a la verdad, si Ud. hubiera podido tener a mano
y compulsar el contrato que he celebrado con el Gobierno Dominicano,
no se habría expresado en la forma en que lo hizo,
atribuyéndome un cargo que no tengo y una obligación
que no me corresponde. Creo también que aunque Ud.
me haya tratado muy poco, me conoce lo bastante, como me conoce
todo el país, para saber que yo no me puedo consentir
en verme uncido a ningún carro triunfal. La virtud
y la ambición son en principio incompatibles. Los vencedores
no tienen entrada franca en mi cristianizado espíritu.
Los que la tienen son los pobres y los humildes. "Los
humildes serán ensalzados y de los pobres es el reino
de los cielos", dice el Evangelio. En cuanto a los grandes
triunfadores, éstos pertenecen a la historia: ella
se los entrega a la posteridad, y la posteridad ha de juzgarlos.
No se puede formar Juicio histórico contemporáneo
sin violar la jurisdicción de ese tribunal misterioso
y supremo.
Yo no
tengo "una mentalidad erudita". Sólo tengo
ideas claras y rectitud de corazón. No he estudiado
nunca por la simple curiosidad de saber, sino, conforme a
Aristóteles, para ser bueno y obrar bien. En este sentido
creo que la lectura de la historia es una suprema lección
de moral. Es injustificado el desdén hacia la historia
del pasado.
No hay
pasado obscuro. La obscuridad sólo está en nosotros.
Es del pasado de donde viene siempre la luz con que vemos
hoy con el espíritu las cosas, sencillamente porque
no puede venir del porvenir. El porvenir sería tan
obscuro como la muerte, si no fuera porque la luz de lo pasado
es tan potente que permite prever ciertos acontecimientos
de un futuro próximo. Y la ciencia difícil del
mando es la eminencia sobre la cual la historia proyecta con
más claridad la luz.
Aunque
la marcha de la humanidad sea progresiva, el hombre de Estado
debe abismarse en la contemplación de lo pasado, porque
éste es raíz, tronco y savia de los frutos del
presente, sin los cuales éste se marchitaría
y se secaría como rama arrancada del árbol.
Antes
de elaborar sucesos históricos es indispensable estudiar
los sucesos realizados por las generaciones anteriores. Ellos
son la experiencia de la vida; ellos suministran las reglas
y modelos. Y de modo singular necesita el político
el conocimiento del pasado de su pueblo, porque ese pasado
es la cantera de los materiales apropiados para la fábrica
de una obra política verdaderamente nacional. La índole
de un pueblo no puede estudiarse sólo en su generación
viviente. En política ninguna solución es fácil;
ningún error es teórico.
Las disposiciones
legislativas de un pueblo, aunque sean científicas;
son perturbadoras cuando no respondan a sus necesidades, a
su situación, opiniones y creencias. Lo que se llama
reconstrucción nacional debe hacerse de acuerdo con
lo pasado: la reconstrucción contra el pasado es pura
ideología; es lo mismo que si para reparar un edificio,
se prescindiese de él.
Los más
grandes, guiadores de sociedades y de ejércitos han
medido sus pasos por la lección de la historia y acuñado
sus hazañas en este acerado y finísimo troquel.
Los mejores reyes y capitanes de Grecia y Roma y del mundo
se criaron y formaron en el regazo de la historia, y aún
algunos magistralmente la escribieron. La almohada de Alejandro
era la Iliada junto con su espada; César puso al lado
de la suya sus admirables Comentarios; y Napoleón,
en sus reflexiones sobre la campaña del Magno Macedonio,
nos revela su atento y profundo estudio de lo pasado.
El rey
Alfonso el Sabio, el hombre más culto del siglo XIII,
escribió la Historia de España para enseñar
al pueblo español sus orígenes; también
escribió la del suyo el profeta Moisés, mientras
lo guiaba a la tierra prometida; y Mahomet el Conquistador
leía y fundaba escuelas mientras combatía. La
excelsitud no se improvisa.
Las grandes
acciones exigen poderoso y cultivado entendimiento, y necesitan
ser puestas, antes de ser realizadas con audacia, bajo el
signo de la prudencia, virtud suprema del que manda y rige
pueblos y que sólo se acendra en la lección
atenta de la historia.
La actual
generación dominicana es precisamente, en mi pobre
concepto, la más desgraciada de cuantas han hollado
con su planta el suelo de la isla sagrada de América.
Débese
ésto a la Ocupación Americana, que fué
escuela de cobardía y envilecimiento, debilidad y corrupción,
y cuya acción depresiva y deletérea destruyó
la energía del carácter, la seriedad de la palabra,
la vergüenza en el obrar, dejando, a la hora de la Desocupación,
un pueblo muelle, despreocupado y descreído sobre esta
tierra de acción y de fé, que fué almáciga
de héroes desde los primeros tiempos del descubrimiento
del Nuevo Mundo y que dió a éste, en el siglo
XIX, un príncipe de la libertad en Francisco del Rosario
Sánchez.
Los poderes
públicos deben estimular en nuestra juventud el florecimiento
de aquellas energías de que dieron alta prueba Meriño
frente a Santana, Luperón frente a España, Emiliano
Tejera frente a Báez, Luis Tejera frente a la tentativa
filibustera de 1905, y, frente al desembarco de los norteamericanos
en San Pedro de Macorís, Gregorio Urbano Gilbert. Es
menester buscar al historiador dominicano que más se
asemeje a Tucídides, para que evoque en toda su épica
belleza el proceso glorioso de esta república nuestra
durante la Anexión y riegue con la corriente y declaración
de los sucesos antiguos los modernos, a fin de vigorizar la
debilitada cepa del presente.
Mi creencia,
cada vez más arraigada, de que el pueblo dominicano
no constituye nación, me ha vedado en absoluto ser
político militante. No he sido, dentro de los términos
de mi país, ni siquiera alcalde pedáneo. En
una serie de artículos publicados en 1899 y reproducidos
luego en "A Punto Largo", he escrito lo siguiente:
"Gobernar es Amar". "Son, a mi ver, más
compulsivos para el político que para el sacerdote
los deberes de humanidad, dulzura, piedad y tolerancia, porque
lo más grave de la ley es como afirma San Mateo, el
juicio, la misericordia y la fé. Para mí la
cuestión no es dispensar el bien y el mal como las
divinidades antiguas, sino hacer el bien; es no adoptar resoluciones
que no estén cimentadas en la rectitud del corazón,
es dar al pueblo toda su personalidad enérgica y viril,
fortificando diariamente su espíritu en el rudo ejercicio
de la libertad, que es el único que produce los caracteres
enérgicos que forman las naciones y mantienen independiente
al estado de toda dominación extranjera; es proporcionar,
no la educación meramente intelectual que sólo
sirve para aumentar las filas de los peores auxiliares del
poder, sino la que fecundiza, extiende y vivifica la libertad
jurídica, hasta el punto de producir la libertad política,
que es la verdadera libertad; es poner fuera. de todo alcance
los derechos del ciudadano y reducir al mínimum necesario
los de los poderes públicos, es finalmente, consagrarse
al bien público con perfecto desinterés material
e inmaterial, amar la pobreza y practicarla, despreciar el
aplauso en absoluto, adoptar sólo los medios que justifiquen
la nobleza de los fines y acuñar la paz en las palabras,
en las medallas, en los actos y en las almas.
Suplico
a Ud. dispensarme por haberle distraído de sus importantes
ocupaciones, y espero que Ud. no tendrá inconveniente
en reconocer, como es de estricta verdad y justicia, que no
estoy encargado de escribir la historia del presente, sino
la del pasado hasta el 26 de Julio de 1899, y que lo único
a que estoy obligado, respecto del presente es a hacer una
enumeración de los sucesos históricos a contar
de 1899, todo de conformidad a mi contrato con el Gobierno
Dominicano, de fecha 18 de julio de 1935; y que es conforme
a este criterio que debo continuar escribiendo la Historia
de la Isla de Santo Domingo.
Soy de
Ud. Honorable Presidente, con sentimientos de la consideración
más distinguida.
AMERICO
LUGO
http://www.cielonaranja.com/lugocarta.htm
Notas
sobre Américo Lugo
AMÉRICO
LUGO:
EL CARÁCTER REGRESIVO DE LA HISTORIA
Roberto
Marte
En uno
de sus textos históricos publicado en forma de folleto
en 1947 titulado Baltasar López de Castro y la
despoblación del norte de La Española
Américo Lugo sigue el mismo esquema y utiliza más
o menos los mismos medios de análisis que aparecen
en su escrito de una década antes La Española
en tiempo de Fuenmayor aunque es preciso subrayar que,
tras más de 30 años de ejercicio esporádico
del oficio de historiador (desde su primera visita al Archivo
de Indias en 1911), en este estudio la selección de
la documentación es más cuidada, incluso se
detiene someramente en su análisis crítico en
el ejercicio de sus competencias eruditas, lo cual le permite
afrontar con cierto éxito el trabajo en profundidad
del tema. Esta vez Lugo toma precauciones indispensables para
comprobar cuán sincero es el testimonio principal que
tiene a la mano, los dos memoriales de López de Castro.
Ahora
bien, obviando estas observaciones cabría añadir
que en este texto Lugo parte de un esquema compositivo que,
sin ser una invención suya puesto que en el mismo se
conserva la tradición de la vieja historiografía
romántica en parte ya soslayada por los historiadores
eruditos que fueron depuntando con el siglo XX, sin duda estaba
condicionado por su actitud hacia el pasado, de la cual se
derivaba esa, cabría decir, visión de la historia
a la cual se dedicó el historiador guiado, no por el
finis operis de los estudios científicos vulgares
como ya era propio de aquel tiempo, sino por el afán
de exhaustividad llamado a convencer a los lectores de un
arte trascendente y moralmente profundo.
Como
lo indica su título, Baltasar López de
Castro y la despoblación del norte de La Española,
este ensayo intenta mostrar exclusivamente la relación
del personaje López de Castro con dicho suceso efectuado
en el norte de La Española durante los años
1605 y 1606. El autor no reconstruye la historia de las despoblaciones
como un cuadro conjunto con todos sus pormenores heterogéneos
y acciones paralelas (los llamados hechos intermedios)
a veces contradictorias por la vía del naturalismo,
digamos fiel al pasado como lo hicieron Del Monte y Tejada
o García. Las coordenadas esquemáticas de las
cuales parte el relato le imponen al mismo la máxima
economía de medios: cortes de episodios, ahorro de
detalles y de reiteraciones, etc., pero también le
impiden la caracterización de su personaje, Baltasar
López de Castro (porque de esto se trata si, como lo
sugiere Lugo, las despoblaciones han de atribuírsele
a su obra) que, de la forma en que el autor la pensó,
debió constituir el núcleo referencial de esta
historia.
El esquema
compositivo que constituye la armazón del discurso
de Lugo está organizado de la siguiente manera: comienza
el relato poniendo en escena al personaje principal, López
de Castro, como un funcionario auxiliar del régimen
colonial español en la isla, un hombre corriente (era
hombre para empresas de medro, pero no de gloria) a
quien, pese a ello, no le faltan las virtudes del burócrata:
escribe bastante bien, pero con desleimiento y redundancia.
. .encubre su ambición en una traza de modestia y muestra
preocupación religiosa y celo por la grandeza del reino
y la gloria del monarca.
En esta
particularidad se esconden los motivos del personaje, los
cuales le dan estabilidad a la trama que a seguidas se desarrolla.
Lugo utiliza esas características del personaje como
escenario para crear un ambiente negativo en la percepción
del lector sobre la época histórica, el siglo
XVII, en que se desenvuelve la intriga. En realidad esto es
muy acorde con lo que el historiador quiere presentarnos:
una sociedad dominicana apenas en sus orígenes y ya
en vías de disociación (la historia configurada
en un sentido regresivo) que va perdiendo los contornos concretos
de la edad de oro (de escasamente seis décadas) de
un siglo XVI de conquistadores y colonizadores españoles
que hicieron de la nada la colonia.
Este
elemento mítico constituye el punto de partida del
carácter regresivo de la historia que le sirve a Lugo
para periodizar el pasado en sintonía con la imaginería
romántica de la historiografía decimonónica.
Pero no se olvide que en las convenciones del relato histórico
dominicano desde Delmonte y Tejada en adelante, el siglo XVII
(el cual más que designar un hecho concreto, constituye
una entidad lingüística) representa el pasado
dominicano visto como decadencia, la cual a menudo apareció
en los escritos históricos de la época como
si se hubiera debido a la fatalidad o a la fortuna porque
el tema, de suyo un tema romántico, da especial relieve
a los hechos afectivos por el hábito de los historiadores
de entonces de concebir pictóricamente el sujeto histórico
en su condición trágica de acuerdo con la poética
del grand theme.
Desde
luego, el elemento central de la argumentación, de
que el siglo XVII fue el siglo de la adversidad, de la decadencia
y del fracaso ya estaba tematizado con una carga simbólica
desde el momento en que los historiadores pensaban el devenir
humano como un proceso en expansión, como progreso,
por lo tanto, opuesto a cualquier interpretación del
pasado colonial en sus propios términos. Américo
Lugo, valiéndose de frases narrativas, parte de las
consecuencias que produjo la aplicación de dichos memoriales,
cosa que no podía conocer el autor de los mismos cuando
fueron escritos ni cuando estuvo en la tarea de que fueran
acogidos por la autoridad real de entonces.
De manera
que mediante una argumentación proléptica en
busca de llegar a un fin, Lugo hace que la función
de su personaje principal dependa de las consecuencias de
sus arbitrios: antes de urdir la intriga del relato y por
lo tanto antes de enhebrar las acciones que intervinieron
en las consecuencias de la función y no a la inversa
como fue en realidad en el tiempo en que ocurrieron los hechos
ya el historiador emite un juicio moral y político,
aunque en esto Lugo procede del mismo modo que los colegas
de su tiempo acorde con el dictum de que la historia es un
tribunal supremo sujeto al arbitrio del tiempo.
Si las
motivaciones de los actores históricos no constituyen
el problema más importante del texto de Lugo, vale
preguntarse ¿cómo se explica entonces el historiador
la circunstancia que motivó la medida extrema de las
despoblaciones, un acontecimiento de suyo tan problemático?
Su explicación estriba nada más y nada menos
que en la estrategia compositiva del relato en los términos
ya indicados. Por eso el historiador comienza destacando,
en un sentido opuesto a la sucesión real de las cosas
y utilizando a López de Castro como chivo expiatorio
de la medida aciaga, el revés que las despoblaciones
de la región noroeste (es decir, sus consecuencias)
representaron para el destino de la isla. Todo el peso del
relato de Lugo recae en los dos memoriales de López
de Castro como una sentencia, sin mencionar siquiera el amplio
espectro de factores cocausales que concurrieron en la verificación
del acontecimiento.
Como
se ve, pasadas ocho décadas después de los primeros
trabajos histórico-literarios de José Gabriel
García hasta ya entrado el siglo XX no hubo cambios
espectaculares en la historiografía dominicana, salvo
acaso el documentalismo de los nuevos historiadores eruditos
al iniciarse el siglo. La obra historiográfica de Américo
Lugo coincide con las de sus predecesores decimonónicos
en varios aspectos: en el aspecto de la investigación,
en la importancia otorgada a los documentos como único
medio de garantizar la autencidad de sus enunciados; en el
aspecto de la enunciación, no tanto en las fórmulas
compositivas como en sus artefactos literarios y en su sentido
ontológico: en la disposición de los roles que
se atribuye a los personajes históricos, en el tratamiento
de las motivaciones de éstos, siempre animado por creencias
hispanistas y por la intervención de seres y acontecimientos
trascendentes (arquetipos y estructuras míticas) que
confluye en un punto de vista existencial historicista y en
un lenguaje congruente con el mismo para representar el pasado.
Esto es, coincidencias en las convenciones heurísticas,
linguísticas e ideológicas.
Aun cuando
los conflictos de la historia simbolizan la lucha entre la
libertad y la injusticia que constituyen, como en la historiografía
del anterior siglo, la pulsión vital de la historia,
en Lugo antes de nacer la nación sucumbe en la condición
trágica de su existencia. Lo que hace como historiador
es describir estas circunstancias como si fueran el auténtico
escenario de la historia.
Paradójicamente,
aun cuando Lugo apenas se ocupó de la historia nacional,
también llamada republicana, es obvio que su visión
de la sociedad dominicana y de su historia tiene mucho que
ver con las experiencias calamitosas que acompañaron
la fundación de la república y con las coyunturas
históricas concretas que por ignorancia o fruto de
las pasiones políticas arrastraron a las masas de sus
compatriotas en el pasado reciente. De este contexto, por
lo tanto, y no de la historia antigua, se deriva su argumento
de que los sentimientos patrióticos más elementales
(o protonacionales) no bastaban para crear el Estado y que
el fracaso de éste se debía a la ausencia de
una nación que le sirviera de sustento.
Suplemento
Biblioteca del Listín Diario, 30 de marzo 2003
http://www.cielonaranja.com/martelugo.htm
HUBO
FALSO PATRIOTA EN CADALSO DE SAN JUAN
Por
Agustín Concepción
Ahora, No 571, 21 Octubre 1974Hubo por lo menos un patriota
de contrabando en el patíbulo levantado en San Juan
de la Maguana el 4 de julio de 1861.
El falso
patriota fue Romualdo Montero, comandante de El Cercado, reputado
dos veces traidor y quien compareció como acusador
ante el consejo de guerra que juzgó al prócer
Francisco del Rosario Sánchez y a sus compañeros
de gloria y de martirio.
Montero,
quien había actuado en la guerra separatista, había
entregado la plaza de El Cercado a los patriotas dominicanos
llegados de Haití en junio de 1861 dentro de la expedición
encabezada por Sánchez y Cabral. Esta entrega había
obedecido a la creencia de que el triunfo sería fácil
para los abanderados de la causa dominicana.
Al evidenciar
lo contrario, con el retiro de la ayuda prometida por Geffrard
, Montero se volvió contra los patriotas y, con el
concurso de sus parientes Santiago y Fructuoso de Oleo, preparó
la emboscada que habría de culminar en la hecatombe
de San Juan.
Según
consigna el historiador don Rufino Martínez, siguiendo
(Montero) el curso escabroso de la traición y atento
a quedar libre de culpa, completó su obra compareciendo
ante el Consejo de Guerra a acusar e injuriar a los patriotas
caídos.
Agrega
Martínez: Pero convicto de haber sido desleal
como jefe de El Cercado, quedó indirectamente honrado
al ser incluido entre las víctimas del patíbulo,
altar de la patria erigido en San Juan el 4 de julio de 1861
FALSO PATRIOTA
A pesar
de esa evidente doble traición (a las autoridades españolas
y a los patriotas, Romualdo Montero aparece como una de las
victimas del cadalso de San Juan.
Entre los autores que incluyen a Romualdo Montero en la categoría
de victima del patriotismo están José
Gabriel García, Leonidas García, Ramón
Lugo Lovatón, Damián Báez Blyden, Pedro
L. Vergés-Vidal y R. Marrero Aristi.
Ni siquiera
por el hecho de que unos autores fijan en 20 y otros en 21
el número de víctimas, se da el caso de que
entre los que reducen la cifra haya uno que omita el nombre
de Romualdo Montero. Así ocurre en la relación
ofrecida por el licenciado Báez Blyden (A quien éste
omite es a Segundo Mártir).
El historiador
García, otro de los que reducen el número a
20, también incluye a Montero. A quien excluye es al
ya referido Segundo Mártir, omitido por Báez
Blyden. En cuanto al mismo don José Gabriel García
hay que aclarar que en la reciente cuarta edición de
su Compendio de la historia de Santo Domingo aparece una nota
en la que consta que Sánchez sólo acusó
a Montero, el que le entregó El Cercado, cuando se
presentó a declarar en contra suya, diciéndola
que debía estar con él (Sánchez) en el
banquillo de los acusados.
A pesar
de la nota aclaratoria el nombre de Romualdo Montero se mantiene
en la relación original de la obra de García.CONTRASTEContrastando
con el falso patriota que fue al cadalso por carambola, hubo
por lo menos un auténtico patriota que escapó
del martirio. Se trata del prócer Pedro Alejandrino
Pina, consigna: En El Cercado estuvo a punto de ser
victima de la traición infame que llevó a Sánchez
al patíbulo en San Juan de la Maguana, pero salvado
milagrosamente por el Capitán Timoteo Ogando, práctico
inteligente de las comarcas fronterizas, pudo salir con vida
de Haití y retornar de nuevo a la República
de Venezuela.
Por otra
parte, se asegura que el benemérito general noroestano
José Cabrera también escapó del patíbulo
en 1861. Así consta en la conocida relación
hecha al doctor Américo Lugo por el general Juan Francisco
Sánchez (Papí), hijo del prócer Sánchez.
Esta versión la admiten, entre otros, los historiadores
Pedro M. Archambault y J. Marino Incháustegui.
Sin embargo,
la participación de Cabrera en los sucesos de El Cercado
que precedieron la hecatombe del 4 de julio no está
admitida generalmente.
Hay quienes
la objetan con el alegato de que se trata de una invención
del doctor Lugo, hija del interés de presentar la acción
de Capotillo como un engendro de El Cercado.
CONCLUSIONES
Por lo
demás, lo cierto en todo esto es que a Romualdo Montero,
según lo sugerido en pleno juicio por el prócer
Sánchez, lo condenó por traidor el consejo de
guerra presidido por Domingo Lasala; que esa condena se le
impuso por haber entregado a los patriotas dominicanos la
plaza de El Cercado.
Cierto
es igualmente que Romualdo Montero, por su posterior traición
al bando patriota, recibió al propio tiempo el veredicto
adverso de la posteridad.
Sin embargo,
por su inexplicable operación de contrabandismo histórico,
su nombre continúa indebidamente asociado a una veintena
de inconfundibles mártires del patriotismo.
Se trata
de uno de tantos casos increíbles de nuestra historia;
de un caso en el que, como el contrabando es imperdonable
la ignorancia resulta inconcebible.
¡OLOLOI!...
Para Américo Lugo.
Yo,
que conservo con vista anodina, cual si fuesen pasajes de
China...
Tú, prudencia, que hablas muy quedo, y te abstienes,
zebrada de miedo;
tú, pereza, que el alma te dejas en un plato de chatas
lentejas; tú, apatía, rendida en tu empeño
por el mal africano del sueño; y ¡oh tú,
laxo no importa! que aspiras
sin vigor, y mirando, no miras...
Él, de un temple felino y zorruno, halagüeño
y feroz todo en uno; por aquel y el de allá y otros
modos,
se hizo dueño de todo y de todos.
Y redujo sus varias acciones
a una sola esencial: ¡violaciones!
Los preceptos del código citas, y las leyes sagradas
no escritas, la flor viva que el himen aureola, y el hogar
y su honor... ¿qué no viola?...
Y pregona su orgullo inaudito, que es mirar sus delitos, delito;
y que de ellos murmúrese y hable,
es delito más grande y notable; y prepara y acota y
advierte, para tales delitos, la muerte.
Adulando aquel ídolo falso,
¡qué de veces irguióse el cadalso!
Y a nutrir su hemofagia larvada, ¡cuántas veces
sinuó la emboscada!
Ante el lago de sangre humeante, como ante una esperanza constante,
exclamaba la eterna justicia:
¡Ololoi! ¡Ololoi! (sea propicia)
Y la eterna Equidad, consternada, ante el pliegue de alguna
emboscada,
tras el golpe clamaba y el ay: ¡sea propicia!: ¡Ololoi!
¡Ololoi!...
Y clamando, clamaban no en vano.
Ya aquel pueblo detesta al tirano; y por más que indicándolo,
actúe,
y por más que su estrella fluctúe, augurando
propincuos adioses,
no lo vio. ¡Lo impidieron los dioses!
Y por mucho que en gamas variables no prudentes, mas
no refrenables
estallasen los odios en coro,
como estalla en tal templo sonoro un insólito enjambre
de toses, no lo oyó. ¡Lo impidieron los dioses!
Y pasó, que la sangre vertida
con baldón de la ley y la vida, trasponiendo el cadalso
vetusto, se cuajó... se cuajó... se hizo un
busto.
Y pasó, que la ruin puñalada, a traición
o en la sombra vibrada,
con su mismo diabólico trazo se alargó... se
alargó... se hizo un brazo,
cuyo extremo, terrífico lanza
un gran gesto de muda venganza.
Y la ingente maldad vampirina de aquella alma zorruna y felina,
de aquel hombre de sangre y pecado, vióse dentro del
tubo argentado de una maza que gira y que ruge.
¡Y ha caído el coloso al empuje de un minuto
y dos onzas de plomo!
Los que odiáis la opresión, ¡ved ahí
cómo!...
Si después no han de ver sus paisanos, cual malaria
de muertos pantanos,
otra peste brotar cual la suya, ¡Aleluya! ¡Aleluya!
¡Aleluya!
SI soltada la Fuerza cautiva,
ha de hacer que resurja y reviva lo estancado, lo hundido,
lo inerte,
¡paz al muerto!; ¡loor a la Muerte. |