Nuestras Calles

Virginia Elena Ortea

Escrito por Angela Peña.

 

Escrito por: Ladddy Cortorreal

Hace un siglo que murió Virginia Elena Ortea y sin embargo, es como si estuviera cotidianamente presente en el hogar de sus sobrinos dispersos por el país y el mundo que la recuerdan encendiendo el cigarrillo para componer sus versos, redactar la crónica periodística, repasar el manuscrito de la novela inconclusa, comenzar un nuevo cuento o revisar las últimas notas de su zarzuela premiada.

Recitar los poemas de la tía Virginia, estudiarla, conocerla, fue un legado de Graciela, la hermana fiel al recuerdo de la insigne muchacha de muerte apresurada que ya en 1899 denunciaba con gracia y reciedumbre conjugadas en obra de teatro que fue aclamada, la explotación y la discriminación a que era sometida la mujer.

Yokasta Brugal Mena, que heredó de su ilustre pariente el don de la escritura, manifiesto en sus estudios y trabajos periodísticos, no conoció a la tía literata que es orgullo familiar, pero vivió el ambiente del hogar donde ella y sus primos se disputaban relatar el cuento de La mala madrastra, Los diamantes, Toñín, Las estrellas y las flores, El bautizo, amén de que la abuela “tenía un papel protagónico” en las narraciones de la Ortea, que comenzó escribiendo con el pseudónimo de Elena Kennedy.

“Mi abuela, Luz Ortea, era sobrina de Virginia pero se crió con  Graciela, porque su mamá emigró al extranjero y su padre murió. Con Graciela también pasó parte de su juventud mi madre, Luz Mena Ortea, cuando estudiaba en Puerto Plata, y después nosotros pasamos a vivir con ella, con Graciela, en la misma casa. Toda su vida eran sus hermanas y sobrinos pues, como Virginia, ella nunca se casó, y hablar de Virginia era prácticamente diario, ella la admiraba muchísimo”, cuenta Yokasta, que tiene de  similitud con Virginia Elena Ortea, además, su estancia en Puerto Rico, a diferencia de que su residencia no está obligada por el exilio político, como ocurrió con su tía en tiempos de Ulises Heureuax, que persiguió con crueldad a los Ortea.   
 
Todos, agrega Yokasta, “hablaban de Virginia como si hubiese estado ahí. Decían: mira, Virginia si no prendía un cigarrillo no escribía, tenía ese mal hábito. Contaban de su pasión por la danza, su predilección por la música clásica, cuanto echaba de menos a su familia y a Puerto Plata, ciudad a la que amaba a pesar de la acogida que tuvieron en Mayagüez. Lamentaban su muerte prematura, su enfermedad...”. Las pláticas, refiere, eran ilustradas con fotos, recortes de prensa y con Risas y Lágrimas, el libro que publicó la ensayista y dramaturga en 1901, con prólogo de Américo Lugo.

Yokasta cambió la comunicación social por la carrera de Medicina, de la que se graduó hace treinta y dos años. Dirige el Departamento de Patología Forense de Puerto Rico y es catedrática universitaria.  Estuvo de paso en Santo Domingo por una noche.

Como lo hacía Carlos José, el afamado pintor puertoplateño que conservaba las pertenencias de Virginia, que a la muerte de éste pasaron a Catalina, otra sobrina, Yokasta, la hija de Francisco Brugal Mateo, habla de Virginia Elena con veneración que se torna en dolor al comentar el quebranto que acabó tan temprano con aquella vida útil, productiva. “Según me decía Mañé (Graciela), Virginia no fue muy saludable. Aunque he leído libros y referencias que dicen que padecía de otra cosa, ella sufría de los riñones, hoy hay diálisis y otros recursos pero en ese tiempo no, era una enfermedad verdaderamente incómoda”.

Tal vez por eso, la periodista agresiva que reseñó en conmovedora crónica el crimen pasional de Jacobito de Lara, entrevistado en su celda después de quitar la vida a su novia, no contrajo matrimonio, aunque según la sobrina,  estuvo dos o tres veces enamorada. En las Obras Completas  de la intelectual que compiló Catharina Vanderplaats de Vallejo, se afirma que en el exilio conoció al escritor Manuel María Sama, amigo entrañable de su tío el poeta Juan Isidro Ortea (fusilado por Lilís en 1881), “con quien se aduce tuvo una atormentada relación amorosa”.

Revolucionaria

“A pesar de que era muy fuerte y agresiva en sus reclamos, fue una mujer sensible, patriota, nacionalista, que sufría enormes nostalgias y depresiones cuando estaba fuera del país. Era cariñosa, buena, amorosa con sus hermanas y sobrinos. Graciela la idealizaba, como hacemos todos con la gente que queremos”, comenta Yokasta.

Además de los Brugal Mena, están los Mena-Ortea y los Redondo- Gómez, otros sobrinos de la distinguida pensadora, que exhiben igual admiración, transmitida, a su vez, a sus hijos, como ha sido tradición en esa progenie.

Yokasta opina que Virginia Elena fue una revolucionaria de las letras “que incursionó en muchos otros campos, en algunos momentos. Tomó una actitud poco usual para la mujer de ese tiempo, que lo aceptaba todo conforme. Incluso, el fumar, parecerá que no tiene importancia pero en su tiempo y en su clase social, no era lo más permitido. Su labor como escritora ha trascendido su tiempo, y está vigente”, significa.

Su feminismo no sólo lo expresó en palabras que escucharon escandalizados y llenos de rubor los hombres puertoplateños sino en el ejemplo de su vida. Mujeres solas, ella y Graciela se ocuparon de los negocios propios y de los numerosos allegados  que acogieron. “Aunque tenemos otros intelectuales en la familia, ella es el símbolo, el que se ha transmitido, el que pasamos los que quedamos a las nuevas generaciones”, manifiesta Yokasta.

Virginia Elena Ortea es considerada la primera escritora dominicana en adentrarse en todos los géneros literarios: narrativo, lírico, dramático. Además, fue periodista. Publicaba sus trabajos en la prensa nacional y puertoplateña.  Algunos, como En tu glorieta, fueron premiados.

Nació en Santo Domingo el diecisiete de junio de 1866, hija del periodista Francisco Ortea y de Emilia Mella. Además de Graciela, sus otros hermanos eran Francisco (el padre de la abuela de Yokasta), Luisa y Hortensia. Contaba entre sus amigos al escritor y sociólogo José Ramón López, al eminente músico Rodríguez Arresón y a casi todos los más distinguidos intelectuales de la época, de aquí y de países amigos.

Catharina Vanderplaats de Vallejo recogió casi todos sus textos y manuscritos, incluida su novela incompleta, “Mi hermana Catalina”.

Virginia Elena Ortea, homenajeada con una calle del sector Los Prados, murió el treinta de enero de 1903, a los treinta y siete años, en Puerto Plata, cumpliéndose el deseo que exteriorizara en su doloroso destierro cuando le escribió a la ciudad de sus añoranzas:



  “¡Cuanta fuere mi ventura
si pudiera, entusiasmada,
pisar sus verdes riberas,
besar sus amantes playas,
y cuando extienda la muerte
sobre mí sus negras alas,
un asilo cariñoso
pedir a esa tierra amada!”.