Socrates Nolasco
Escrito por Angela Peña.
Prolífico Escritor que rechazó someterse a Caprichos de la tiranía
Mal visto, señalado por la tiranía trujillista debido a la intransigencia de su carácter firme y de una conducta decorosa y digna que no se sometió a los caprichos del sátrapa, don Sócrates Nolasco, el escritor de producción abundante, heterogénea, superior, vibrante, tuvo que pasar en tierra extraña los años más lúcidos de su vida fructífera.
Carlos Lamarche, hermano de su esposa, doña Flérida, publicó un libro contra Trujillo y el llamado “Jefe” se atrevió a pedirle a don Sócrates que aceptara el cargo de fiscal para juzgar la alegada traición del cuñado, a lo que éste se negó. “Entonces comenzó un largo proceso discriminatorio”, comenta Ruth, la hija del reputado intérprete de las costumbres rurales y provinciales, sobre todo sureñas.
“Papá logró salir de aquí porque encontró amigos que le dijeron a Trujillo que él se estaba muriendo de cáncer. Se fue a Puerto Rico donde encontró acogida de parte de Luis Muñoz Marín y de Jaime Benítez, entonces rector de la Universidad de Puerto Rico, ambos sindicados como enemigos de Trujillo. Allí se manejaba en círculos de intelectuales nativos. Mamá y yo no pudimos salir, quedamos en el país como en una gran prisión”, relata.
En 1951, el celebrado autor de Cuentos Cimarrones se trasladó a La Habana, donde vivió precariamente, ofreciendo conferencias y dedicado a la literatura. Allí, agrega la hija, “tenía muchos parientes. Vivía con el hermano mayor de Pedro Henríquez Ureña, Pancho, el que tenía más sintonía con él”.
Don Sócrates fue el hijo que tuvo el general Manuel Henríquez y Carvajal, prócer de la Restauración, con doña Juliana Nolasco, la maestra del pueblo de Enriquillo, entonces Petit Trout. Ruth no tiene reparos en contar el origen del padre, que tampoco negaba su procedencia. Cuando don Manuel murió, su hermano, Francisco Henríquez y Carvajal, mandó a buscar a don Sócrates, porque aquel le encargó ese hijo, que era ya un adolescente. “Él prefirió seguir llamándose Nolasco, aunque su casa en esos años, fue, como quien dice, la de Francisco Henríquez y Carvajal”.
Además de los libros, fotos, recortes de prensa y otros documentos, Ruth conserva las cartas que intercambiaba su ilustre progenitor con los hermanos Max y Pedro Henríquez Ureña. “El papá de los Henríquez Ureña era hermano de mi abuela, la mamá de mamá, es que papá y mamá eran primos hermanos”, explica Ruth. Don Sócrates nació el veinte de marzo de 1884.
En 1954, “nostálgico de su patria y de su familia”, don Sócrates decidió regresar a la República, “cuando ya la tiranía de Batista estaba muy fuerte. Decía: bueno, tiranía en Cuba, y tiranía en mi país”, y optó por reunirse con los suyos, tras un minucioso interrogatorio del Servicio de Inteligencia Militar. Luego el Generalísimo lo propuso como senador por Pedernales. “Aceptó y renunció en 1959 cuando Trujillo quiso establecer la pena de muerte, a propósito de la expedición del catorce de junio”. Con valiente discurso justificó su voto negativo. Continuó investigando la historia, recreando hábitos campesinos, publicando artículos en la prensa y manteniendo correspondencia con sus amigos intelectuales extranjeros.
En esas misivas se aprecia el inmenso afecto y las amplias relaciones que cultivó en Borinquen y en La Habana, lugares en los que vivió tiempo antes de la instauración de la dictadura de Trujillo: en Cuba de 1906 a 1913, después de haber ejercido la función de maestro, director de la escuela pública de Enriquillo, en Puerto Rico cuando fue cónsul general del país, posición a la que renunció al producirse la ocupación norteamericana de 1916, satisfaciendo su ferviente nacionalismo. Sin embargo, convencido por su tío, el Presidente Francisco Henríquez y Carvajal, permaneció en el puesto para dedicarse a escribir en contra de los interventores.
“Papá fue político, sobre todo un político activo antes de Trujillo. Fue jimenista de toda la vida y, aunque al principio colaboró con Trujillo por oponerse a la reelección de Horacio Vásquez, muy pronto renunció”, significa Ruth, destacando la difícil situación de los intelectuales que no se plegaban al régimen.
La Verticalidad
Don Sócrates Nolasco era alto, delgado, con ojos inexpresivos, lo recuerda Ruth. “La hija que tuvo antes del matrimonio, Amalia, me decía: ‘tenemos los ojos de papá, que son tristes, inexpresivos”, añade.
“Lo que más admiro es su verticalidad, tenía una manera de ser fiel y fue fiel a ella. Como había nacido en el campo, nunca dejó de sentirse campesino y tuvo la riqueza de haber vivido fuera en distintas ocasiones, donde se movió en importantes ambientes de la intelectualidad”, asevera.
Aquí, sin embargo, “no quería círculos intelectuales porque no deseaba incorporarse a un gremio que firmara y él tener que ser uno de esos. Es la razón por la que papá aparece poco en antologías y cuando se habla de generaciones, de grupos, no figura. Fue siempre esquivo a los homenajes”. En una ocasión rechazó un merecido reconocimiento de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, cuyas autoridades fueron a otorgárselo a su residencia.
Tuvo amigos de toda la vida, refiere Ruth, a los que siguió apreciando con sus defectos. Amó la naturaleza y mantuvo permanente contacto con los hombres y mujeres del campo. “Sabía adaptarse a los distintos niveles de personas, campesinos semianalfabetos salían muy contentos de hablar con él. Fue muy barahonero y muy Enriquillero. Nació en el Sur y siempre mantuvo esa conexión”, refiere.
Dejó una prolífica obra de tradiciones, historia, ensayos cuentos. “Papa es más literato, y tal vez mejor”, dice la hija, comparándolo con su madre. “A lo que llamamos los maestros de literatura hoy día literato es al de ficción”, explica.
Otros libros de don Sócrates son: El General Pedro Florentino y un momento de la Restauración. Cuentos del Sur. Viejas Memorias. El Cuento en Santo Domingo. José María Cabral, el Guerrero. El Diablo ronda en los Guayacanes. La Ocupación Militar de Santo Domingo por los Estados Unidos... Su obra, empero, ha pasado prácticamente inadvertida por los autores criollos, contrario a los reconocimientos que recibió de Cuba y Puerto Rico.
Uno de los más recientes homenajes a su labor intelectual fue la publicación de sus Obras Completas, por la Fundación Corripio, y la pequeña calle designada con su nombre en el ensanche Naco, entre La Arboleda y la Fantino Falco.
Don Sócrates Nolasco murió en Santo Domingo, a los noventa y seis años de edad, el dos de julio de 1980.
(Periódico HOY. Santo Domingo, República Dominicana, 31 de Agosto de 2003) |