Nuestras Calles

Rosa Smester

Escrito por Angela Peña.

 

 

La Talentosa Profesora, Políglota y Escritora que
Desafió los Convencionalismos de su Tiempo

            Fue consagrada maestra, escritora de altos vuelos, decidida nacionalista que enfrentó con valentía al interventor yanqui durante la ocupación de 1916, rabiosa luchadora por hacer valer los derechos de la mujer, apasionada políglota que se expresaba lo mismo en inglés que en latín, griego, español, francés, italiano, catalán. Pero la faceta de Rosa Smester que más admiran sus nietos y los que conocieron esa historia oculta de su vida, que ahora se revela, es su determinación de convertirse en madre soltera en época tan atrasada como 1909, siendo ella destacada y reconocida figura de la intelectualidad y el magisterio en una sociedad prácticamente aldeana.

            “Cuando llegó a lo que entendía iba a ser la pérdida de la fertilidad, los cuarenta y cuatro años de edad, dijo: ‘no quiero morir sin descendencia, tengo que buscar a alguien que me fecunde”, cuentan emocionados Federico Andrés y Teresa, hijos de don Federico Máximo, el único vástago que tuvo la insigne profesora, al que dedicó su amor y su ternura, con el que fue exigente e inflexible, pero a la vez generosa, comprensiva, blanda. Él heredó sus talentos, conocimientos y virtudes y compartió las  penurias vividas en París, cuando se consumieron los ahorros.

            Impresionados, conmovidos, asombrados por el singular valor de su ilustre antepasada, continúan el relato de la  insólita  voluntad de la abuela: “Entonces había un señor que era el Gobernador Civil y Militar de la provincia de Montecristi, don Juan Grullón, que además de ser un hombre importante, no era feo. Ella lo buscó que no tuviera mujer, que no fuera un patán y que fuera agradable, fue todo premeditado”, confiesan. Doña Rosa intercambiaba lecturas y críticas literarias con el distinguido varón, educado en Hamburgo y New York. “Para mí que dijo: ‘¡este es el hombre!', y lo sedujo, porque ella no era agraciada y él era bien parecido. Entonces salió embarazada”, relata el ingeniero Smester sin encogimientos, mejor con orgullo.

            Cuando doña Rosa comunicó a Grullón su estado de gravidez, éste conversó con una médico para que la convenciera de que debía practicarse un aborto pero ella reaccionó indignada: “¡no, no, si lo que yo andaba buscando era esto, es lo que me interesa. Ya tú no tienes responsabilidad ni obligación conmigo!” y concluyó el trato con el padre de su vástago. “Él sentía temor porque en esa época era un escándalo ser madre soltera, imagínate, ella era la directora de la Escuela y él, el Gobernador de la Provincia”, refieren.
Educó al unigénito con el apellido Smester, padre y madre a la vez, desafiando convencionalismos, venciendo el aislamiento social. Sólo cuando el joven se hizo bachiller, que decidieron viajar a París para que él iniciara estudios universitarios, la señora le pidió al padre que lo reconociera para que el futuro profesional tuviera en el diploma sus dos apellidos, a lo que accedió Grullón, sin embargo, “regresaron al país, él casó con nuestra madre, Ana Rosa Socías, y cuando nos declaró a todos, lo hizo con el apellido Smester”, manifiestan los hermanos.

           
El doctor Federico Máximo Smester, nacido el 19 de agosto de 1910, era el padre, además, de Carmen Rosa (fallecida) y de Federico Arturo. Graduado médico Cum Laude, en La Sorbona, fue además diplomático y legislador. “Ya eres capaz de valerte por ti mismo. Eres útil para ti y para la sociedad, a mí no me debes nada”, narran que le dijo la profesora Smester al egresado.
“Papá vivía muy orgulloso de su madre, reconocía que le debía su formación, su buen léxico, el conocimiento de los clásicos, los diálogos de El Quijote, porque ella se los transmitió al igual que la vocación de servicio, los principios de honestidad y el amor entrañable a su país que él, a su vez, nos legó a nosotros, a imagen de mi abuela”, expresan Federico Andrés, ingeniero civil, y Teresa, que tiene de doña Rosa la inclinación por la enseñanza.

           
El varón llora al exclamar: “Si me preguntas cuál es la dimensión más importante de mi abuela, es la decisión de ser madre, que fue trascendente. Pienso lo que debió significar para ella asumir ese rol, no fue casualidad, fue una decisión que en esa época, asumirla implicaba mucho valor”.

            Hoy en día, agrega Teresa, “es fácil decidirlo. Pero fue una mujer  que se adelantó un siglo al momento histórico que le tocó vivir. Su feminismo es equilibrado, admirable, rompió con todos los cánones y tabúes establecidos y decidió su maternidad, educando a su hijo con amor, rigor, responsabilidad”. La nieta, instructora de cursos de etiqueta y protocolo, refirió además el hambre y la miseria que padecieron doña Rosa y su hijo en París cuando se les agotaron las reservas económicas. Sus amigos Enrique Franco, Pedro Archambault, Enrique Deschamps, Federico García Godoy y sus hermanas Dolores (Lilí) y Clementina (Tinine) recogieron artículos periodísticos de Rosa en un libro, “Prosas”, y le enviaron el fruto de las ventas para aliviar sus penurias.  La dama, por su lado, se las ingeniaba dando clases de español.

Rosa Smester

Federico Andrés la recuerda en Santiago, diciéndole a su hermana Lilí que ahí está el niño, su borreguito, pidiéndole leche. Rememora los besos y abrazos que le prodigaba en Montecristi y los paseos por el inmenso patio junto a Yori, el perro, mientras “Mamota”, como la llamaba, le ofrecía higos y ciruelas.


            “Tenía la cara redonda, el cabello encanecido, usaba espejuelos y vivía siempre leyendo”, comunica. Tendría siete años cuando murió “Mamota” víctima de una afección ganglionar que contrajo en su juventud y la postró en sus últimos años de vida.  Teresa no la conoció.

            Rosa Smester nació en Santiago, en agosto de 1854, hija de Pablo Smester y de Trinidad Marrero (Babá). Fue maestra de la Escuela Normal Superior, de su ciudad natal, y de la de Montecristi, donde preparó el primer grupo de Maestras Normales.  Demostró su oposición a la intervención norteamericana de 1916 a través de duros trabajos periodísticos y no expresándose jamás en el idioma inglés.  Socia fundadora de las sociedades San Vicente de Paúl y Amantes de la Luz, fue notable disertante en el país y el extranjero, sobre temas literarios y feministas, reclamando derechos para la mujer. “Para que el feminismo sea fecundo urge que la mujer sea muy femenina y no dominadora, distinta y equivalente al hombre, como los dos pies para la marcha perfecta”, decía en una de sus innumerables conferencias, inéditas al igual que sus versos y prosas diseminados, como su cuento premiado “Juan de Dios”. Vivió en París de 1927 a 1937.

           
La abnegada madre y dedicada maestra murió en Santiago de los Caballeros el quince de febrero de 1945.

Las Calles

Una biblioteca de Moca, la Ciudad Satélite, de Santiago, una escuela de Montecristi y dos calles de Santo Domingo, una en Los Minas y otra en la Castellana, rinden homenaje a la memoria de Rosa Smester que, para Teresa y Federico Andrés representan el reconocimiento “a una mujer excepcional, generosa, servicial, adelantada a su época, extremadamente honesta y valerosa”.

(Periódico HOY, Santo Domingo, República Dominicana, 3 de Agosto de 2003)