Flérida Lamarche de Nolasco
Escrito por Angela Peña.
No sólo fue prolífica y diversa escritora de una época en la que el quehacer intelectual estaba principalmente reservado a los hombres, y las mujeres apenas producían hermosos poemas. Doña Flérida Lamarche de Nolasco se dedicó a la investigación histórica, a la exploración del folklore y el estudio de las costumbres nacionales y moldeó sus creaciones y el resultado de sus búsquedas con tan inusual maestría que casi toda su obra fue reconocida, premiada en el país y en otras tierras.
Pero además fue exquisita pianista, consagrada y generosa maestra y quizá la más brillante y espléndida conferencista que ha dado la República. Sus disertaciones cautivaban. Era casi octogenaria y ya comenzaba a enfermar cuando en 1970 el público la ovacionó de pié al escucharla dar las gracias por el Doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Católica Madre y Maestra. En sus últimos años de existencia esa fue su faceta más demandada.
Tan desbordante como su oratoria lúcida era su religiosidad, no sólo manifiesta en toda su producción. “Mamá fue una mujer profunda, exageradamente religiosa, y tenía dos amores más: la música –ella decía que el piano- y la escritura. Tocaba todos los días, lo que hacía era cambiar de músicos, interpretaba a los franceses, otras veces a Chopin, Beethoven, Mozart y al final a Bach, porque decía que tenía que hacer menos esfuerzo”, relata Ruth, la hija de la ilustre prosista.
A su otra pasión dedicó prácticamente la vida. El inventario de su bibliografía abarca treinta títulos de música, folklore, historia, vida de santos, religión... En la obra de doña Flérida la religiosidad tenía una gran conexión con la literatura. “Ella tiene dos libros finales que eran como testimonio de su fe: Luminarias en vela y Mi testimonio, y también tiene un libro que es muy emotivo, Cuadros del Evangelio, y otro, Clamor de Justicia en La Española, en el que exalta la labor de los Dominicos en la colonia, en la defensa de los indios”, refiere Ruth. Otros ejemplares de la insigne intelectual que abordan esta temática son Santa Teresa de Jesús a través de sus obras y El Primer Santuario de América. En su vida práctica este sentimiento se expresaba con su presencia diaria en las misas del Convento de los Dominicos.
Expresiva, Brillante
Nacida en Santo Domingo el veintisiete de febrero de 1891, doña Flérida asistió tarde a la Universidad, aunque en sus años tempranos estudió música, que enseñaba en el Liceo Musical, del que era subdirectora. Fue en 1948, ya casada con el escritor don Sócrates Nolasco, cuando obtuvo el título de Doctora en Filosofía en la Universidad de Santo Domingo, de la que luego fue profesora. Pero desde siempre su hogar fue un aula abierta a alumnos ávidos de instrucción como igualmente fue especie de ateneo donde se congregaban intelectuales de todas las naciones a intercambiar con la gentil dama y con su esposo. Uno de sus grandes amigos fue el maestro español Enrique Casal Chapí.
La hija la recuerda “muy expresiva, muy brillante en la conversación, aunque tenía fluctuaciones de humor”. Las dos mujeres vivieron prácticamente solas el largo periodo de la dictadura trujillista a causa de la oposición al régimen del jefe de familia, que vivió exiliado en Cuba y Puerto Rico. Siempre ofreció su apoyo a la postura de su esposo y como nunca se había inscrito en el Partido Dominicano, debieron hacer con ella una intensa labor de convencimiento cuando se le solicitó ingresar a la Universidad.
Ruth, que tiene el carácter bondadoso, la vehemente religiosidad, la condición de maestra y el carácter independiente de su progenitora, identifica ese último perfil como el que ha recibido como herencia, aunque tal vez la marcó también la religiosidad de doña Flérida porque “no es lo mismo criarse en un ambiente de indiferencia total a vivir en un clima de fe”, expresa.
“Una de las cosas que yo creo, claramente, que heredé de mamá, fue el no preocuparme por el que dirán. La oí diciendo siempre: uno no tiene que fijarse en lo que la gente diga sino actuar con sus criterios y con sus verdades. Creo que eso me ha hecho muy feliz y muy independiente”, agrega.
La autora de Días de la Colonia y de Vibraciones en el tiempo era de mediana estatura, nunca encaneció totalmente pese a los años de edad y siempre fue sobria en el vestir “y en toda sus cosas”, significa Ruth. Pese a compartir con el esposo la actividad intelectual, reinaba entre ambos respeto y admiración mutuos.
“En realidad, no tocaban los mismos puntos, mamá escribía de historia de la colonia, papá de la República, mamá no escribía ficción, papá sí. Eran como dos áreas delimitadas y diferentes. En casa se hablaba de los personajes de la colonia y de las guerras de Independencia y de la Restauración como si hubiesen sido de personas vivas”, narra Ruth.
Tenían escritorios particulares y diferentes métodos de escribir. “Creo que mamá manejaba muy bien la pluma. Ella escribía con mucha facilidad, a mano, y después pasaba a máquina, rápidamente. Corregía, pero no mucho, papá era más perfeccionista y tenía una información literaria muy grande”, cuenta. El matrimonio tuvo otra hija, Julia Clotilde, que murió a los dos años de nacida.
Entre otros aspectos, Ruth admira la categoría de pionera de su madre. “No eran todas las mujeres de su época que estaban dedicadas a escribir, a ser profesoras universitarias, a dar conferencias, aunque no era lo que se llama técnicamente una feminista, su labor era de feminismo. Después, en cuanto a madre, veo el hogar de esta forma: es el lazo para ir al padre, que muchas veces estaba poco asequible, y ella sabía manejar muy bien la situación: dirigía sin que el hombre se sintiera dirigido”.
Doña Flérida era hija del doctor Manuel Lamarche García y de Clotilde Henríquez y Carvajal. Contrajo matrimonio con don Sócrates en 1927. Otros libros suyos son: Cultura musical. De música española y otros temas. La música en Santo Domingo. Existencia y Vicisitudes del Colegio Gorjón. Rutas de nuestra poesía. Santo Domingo en el folklore universal. Grandes momentos de la historia de la música.
Recibió varios premios y condecoraciones. Falleció en Santo Domingo el doce de febrero de 1976.
La Calle
Es como a ella le hubiese gustado, dicen los que la conocieron, al frecuentar la vía: discreta, callada, pequeña, tranquila, de poco tránsito, sin lamentables accidentes. Está ubicada en Arroyo Hondo, entre las Bienvenido García Gautier y la Juan Tomás Mejía y Cotes. |