Nuestras Calles

Américo Lugo

Escrito por: Ladddy Cortorreal

Nació en Santo Domingo el 4 de abril de 1870. Historiador, crítico literario, periodista y abogado. Hijo de Joaquín Lugo Alfonseca y Cecilia Herrera Veras. Realizó sus estudios en Santo Domingo, obteniendo los títulos de Bachiller en Ciencias y Letras (1886), Licenciado en Derecho (1890) y Doctor en Derecho (1916), estos dos últimos en el Instituto Profesional. Como servidor público representó a la República Dominicana en el Congreso de Delegados Latinoamericanos celebrado en Río de Janeiro (1909) y en la Cuarta Conferencia Pa-namericana de Buenos Aires (1911).

También fue Consejero de las Delegaciones Dominicanas en Europa y los Estados Unidos (1913). Fundó el periódico Patria (1921) y colaboró con el Listín Diario, El Tiempo, Nuevo Régimen y El Progreso, así como con varias revistas nacionales y extranjeras especializadas en historia y literatura. Repudió abiertamente la primera intervención norteamericana al país ocurrida en 1916.

Su oposición a la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina y su rechazo a una tentadora propuesta económica de dicho régimen para que escribiera la historia oficial dominicana del pasado y del presente, lo inscribió en la lista de los enemigos del gobierno. Sus investigaciones históricas las caracterizan la erudición, el sentido crítico con que analizó muchos capítulos de la historia nacional y la pureza y agilidad de su prosa. Murió en Santo Domingo el 4 de agosto de 1952.

BIBLIOGRAFIA ACTIVA
POESIA. Heliótropo. Santo Domingo: Imprenta La Cuna de América, 1903.
CUENTO. Camafeos. La Vega: Tipografía El Día, 1919.
TEATRO. Ensayos dramáticos. Santo Domingo: Imprenta La Cuna de América, 1906.
ENSAYO. A punto largo. Santo Domingo: Imprenta La Cuna de América, 1901. Bibliografía. Santo Domingo: Imprenta La Cuna de América, 1906. La cuarta conferencia internacional americana. Sevilla, España: Imprenta de F. de P. Díaz, 1912. El plan de validación Hughes-Peynado. Santo Domingo: Im-prenta La Cuna de América, 1922. Declaración de principios. Santo Domingo: Imprenta Montalvo, 1925. Baltazar López de Castro y la despoblación del norte de la isla Española. México, D. F.: Editorial Cultura, 1947. Antología. Ciudad Trujillo: Librería Dominicana, 1949. Los restos de Colón. Santo Domingo: Librería Dominicana, 1950. Edad Media de la Isla Española. Historia de Santo Domingo después de 1556 hasta 1608. Ciudad Trujillo: Librería Dominicana, 1952. La Española en tiempos de Fuenmayor. Minas de la Española. Ciudad Trujillo: Imprenta de J. R. Vda. García, 1970. Antología. Santo Domingo: Editora Taller [v. I, 1976], [v. II, 1977] v. III, 1978].

BIBLIOGRAFIA PASIVA
Alcántara Almánzar, José. “Américo Lugo”, en Los escritores dominicanos y la cultura. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo, 1990: 190. | Alcántara Almánzar, José. “Américo Lugo”, en Dos siglos de literatura dominicana (S. XIX-XX). Vol. 2. Santo Domingo: Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional, 1996: 192-201. | Alfau Durán, Vetilio. “Necrología de Américo Lugo.” Clío. 20 (1952): 133. | Amiama, Manuel A. “Américo Lugo”, en El periodismo en la República Dominicana. Santo Domingo: Talleres Tipográficos La Nación, 1933: 77. | Balaguer, Joaquín. “Américo Lugo”, en Historia de la literatura dominicana. Santo Domingo: Editora Corripio, 1988: 166, 255, 257. | Céspedes, Diógenes. “Américo Lugo”, en Antología de la oratoria en Santo Domingo. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1994: 125-132. | Collado, Miguel. “Américo Lugo”, en Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana. Santo Domingo: Biblioteca Na-cional, 1993: 20, 52, 371, 395, 416. | Contín Aybar, Néstor. “Américo Lugo”, en Historia de la literatura dominicana. Tomo 3. San Pedro de Macorís: Universidad Central del Este, 1986: 81-104. | Diccionario enciclopédico dominicano. Vol. 2. Santo Domingo: Sociedad Editorial Dominicana, 1988: 299-300. | Enciclopedia dominicana. Santo Domingo: Editora Centena-rio, 1997. | Fernández Rocha, Carlos; De los Santos, Danilo. “Américo Lugo”, en Lecturas dominicanas. Santiago de los Caballeros: Universidad Católica Madre y Maestra, 1977: 290. | Fleury, Víctor; Ricart, Gustavo; Bisonó R. “Américo Lugo”, en Cien dominicanos célebres. Santo Domingo: Publicaciones América, 1974: 275. | García Godoy, Federico. “Prólogo a Camafeos”, en Camafeos. La Vega: Tipografía el Día, 1919. | García Lluberes, Alcides. “Nuestros primeros escritores” Santo Domingo: Imprenta San Francisco, 1949: 57. | Gerón, Cándido. “Américo Lugo”, en Diccionario de autores dominicanos 1492-1994. 2da. ed. Santo Domingo: Editora Colorscan, 1994: 238. | Goico Castro, Manuel de Jesús. “Américo Lugo”, en Vallejo de Paredes, Margarita. Antología literaria dominicana. Vol. 3. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo, 1981: 16. | Goico Castro, Manuel de Jesús. “Américo Lugo”, en La prosa artística en Santo Domingo, 2da. ed. Santo Domingo: Editora Corripio, 1982: 57-58. | Henríquez Ureña, Max. “Américo Lugo“ en Breve historia del modernismo. México: Fondo de Cultura Económica, 1962: 449-50. | Henríquez Ureña, Max. “Américo Lugo“, en Panorama histórico de la literatura dominicana, 2da. ed. Santo Domingo: J. D. Postigo, 1966: 317, 426, 432. | Lebrón Saviñón, Mariano. “Américo Lu-go”, en Historia de la cultura dominicana. Vols. 1, 2, 3. Santo Domingo: Edición Sesquicentenario de la Independencia Nacional, 1994. | Martínez, Rufino. “Américo Lugo“, en Diccionario histórico biográfico dominicano 1844-1930. Santo Domingo: Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1971: 281-283. | Martínez, Rufino. “Américo Lugo”, en De las letras dominicanas, 2da. ed. Santo Domingo: Editora Taller, 1996. | Mateo, Andrés L. “Américo Lugo“, en Mito y cultura en la Era de Trujillo. Santo Domingo: Librería La Trinitaria, 1993. | Ma-teo, Andrés L. “La deuda de una generación con don Américo Lugo”, en Al filo de la dominicanidad. Santo Domingo: Libre-ría La Trinitaria, 1996: 214-21. | Matos, Esthervina. “Américo Lugo“, en Estudios de literatura dominicana. Ciudad Trujillo: Pol Hermanos, 1955: 371. | Tolentino Dipp, Hugo. La raza y la cultura en la idea de lo nacional en Américo Lugo. Santo Domingo: Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1967. | Vallejo de Paredes, Margarita. “Américo Lugo“, en Antología literaria dominicana. Vols. 1, 3, 4. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo, 1981. | Vallejo de Paredes, Margarita. Vol. 2. “Américo Lugo”, en Apuntes biográficos y bibliográficos de algunos escritores dominicanos del siglo XIX. Santo Domingo: Publicaciones ONAP, 1985: 341-352.

http://www.escritoresdominicanos.com/lugo.html


Carta de Américo Lugo a Rafale Leonidas Trujillo

INDEPENDENCIA INTELECTUAL FRENTE A LA TIRANÍA DE TRUJILLO.

Carta circulada clandestinamente donde se refleja el alto espíritu moral de una de las más brillantes figuras de la intelectualidad dominicana frente a la tiranía, y que la Librería Dominicana se complace en reproducir para conocimiento general y como homenaje a su autor, el doctor Américo Lugo.

Ciudad Trujillo,
Distrito de Santo Domingo,
13 de Febrero de 1936

Generalísimo
Rafael L. Trujillo.
Presidente de la República.
CIUDAD

Honorable Presidente:

En el discurso pronunciado por Ud. el 26 de Enero último al inaugurar el acueducto y el mercado de Esperanza, hace Ud. una afirmación que no puedo dejar pasar por alto, relativa al encargo que, a iniciativa de Ud. me fué propuesto por el gobierno dominicano y que, aceptado por mí, dió ocasión al contrato celebrado entre éste y yo en fecha 18 de julio de 1935, y en virtud del cual me he comprometido a escribir una nueva Historia de la Isla de Santo Domingo. Dicha afirmación es la siguiente: "Que Ud. me ha confiado el encargo de escribir, en calidad de Historiador Oficial, la historia del pasado y del presente".

Me veo en la necesidad de ocupar su elevada atención para manifestarle que no me considero historiador oficial ni obligado a escribir la historia de lo presente. No me considero historiador oficial, porque mi convenio excluye por naturaleza de toda idea de subordinación y debe ser cumplido exclusivamente bajo los dictados de mi conciencia.

No recibo órdenes de nadie y escribo en un rincón de mi casa. Tampoco me considero historiador del presente, porque, por el contrario, la cláusula primera de mi contrato con el Gobierno Dominicano excluye de manera expresa el escribir la historia del presente. Dicha cláusula dice así: "El doctor Américo Lugo se obliga frente al Gobierno Dominicano a escribir una obra intitulada Historia de la Isla de Santo Domingo, que constará de cuatro volúmenes en octavo, de cuatrocientas páginas, más o menos, cada volumen; la cual comprenderá el período comprendido entre los años 1492 a 1899, o sea desde el descubrimiento de la isla basta la última administración del Presidente Ulises Heureaux inclusive.

A partir de esa fecha, el Dr. Lugo se obliga a hacer en su obra un recuento histórico de las demás administraciones". "Recuento" significa: Enurneración, inventario". En consecuencia, recuento histórico significa una enumeración de sucesos históricos; pero de ningún modo significa escribir la historia de dichos sucesos. Y un recuento es lo único a que me he obligado, a contar de 1899 o sea de la última administración del Presidente Heureaux.

El título de historiador oficial carecía de sentido aplicado a un historiador del pasado. No podría referirse sino a la persona nombrada para escribir la historia de la administración actual; y la historia de la administración actual está excluida de mi Contrato, con el Gobierno Dominicano, como lo está la de todas las demás administraciones públicas posteriores al 26 de julio de 1899. Yo manifesté al enviado de Ud. que mi deseo era y había sido siempre no escribir historia sino hasta el año 1886 solamente. Se me arguyó que mi historia quedaría muy atrás para los estudiantes; y en obsequio de éstos convine en alargarla hasta 1899 y en hacer un recuento o enumeración de sucesos históricos a contar de esa fecha, pero nada más.

A Ud. no podía sorprenderle que yo me negase a traspasar en mi historia, los linderos del siglo XX. Ud. recordará que en Marzo de 1934 Ud. me ofreció una fuerte suma de dinero para que yo salvara mi casa, a cambio de que yo escribiera la Historia de la Década, lo cual era proponerme que fuese su historiador oficial; y Ud. recordará así mismo que preferí perder mi casa, como efectivamente la perdí, contestando a Ud. en carta de fecha 4 de abril de 1934 lo siguiente: "Yo podría ser, aunque humilde, historiador, pero no historiógrafo... Creo un error la resolución de escribir la historia de la última década. Lo acontecido durante ella está todavía demasiado palpitante. Los sucesos no son materia de la historia sino cuando son materia muerta. Lo presente ha menester ser depurado, y sólo el tiempo destila el licor de verdad dulce y útil para lo porvenir. Todo cuanto se escribe sobre lo actual o lo inmediatamente inactual, está fatalmente condenado a revisión.

La administración del general Vásquez y la de Ud. sólo podrán ser relatadas con imparcialidad en lo futuro. El juicio que uno merece de la posteridad no depende nunca de lo que digan sus contemporáneos; depende exclusivamente de uno mismo. Aparte de estas consideraciones decisivas, yo no podría escribir ese trozo de historia por dos razones: la primera, mi falta de salud; la segunda, mi falta de recursos. Recibir dinero por escribirla en mis presentes condiciones, tendría el aire de vender mi pluma, y ésta no tiene precio".

No cabe en lo posible que quién escribió a Ud. lo que precede, acepte, ahora ni nunca, el cargo de Historiador Oficial. Aunque Ud. hubiera de alcanzar y merecer todo lo que se propone y dice en su discurso, de lo cual yo me alegraría por el bien que reportaría el país, yo no sería su historiógrafo. No puedo serlo de nadie. Un historiógrafo o historiador oficial huele a palaciego y cortesano, y yo soy la antítesis de todo eso. No soy ni puedo ser sino un humilde historiador de lo pasado, y sólo como tal me he obligado con el Gobierno. Un historiador oficial es un historiógrafo, y la diferencia que hay entre simple historiador e historiógrafo ha sido magistralmente expuesta por Voltaire en su "Diccionario Filosófico", vocablo "Historiografía", en donde dice: "Este título es muy distinto del título de historiador. Se llama historiógrafo en Francia al hombre de letras que está pensionado.

Es muy difícil que el historiógrafo de un príncipe no sea embustero, el de una república adula menos, pero no dice todas las verdades. En China los historiógrafos están encargados de coleccionar todos los títulos originales referentes a una dinastía... Cada soberano escoge su historiógrafo. Luis XIV nombró para este cargo a Pellisson. . . "

También se debe a mi exclusiva iniciativa la cláusula séptima del referido contrato del 18 de julio de 1935, cláusula que se refiere a la cesión de 5.000 ejemplares al Gobierno Dominicano. Esta no me exigió nada; pero yo no hubiera aceptado su oferta de escribir una historia sino a condición de ofrecer, a mi vez, la manera de reembolsar ampliamente la cantidad de dinero que costase escribirla y editarla. Es mi firme voluntad, sean cuales fueren las condiciones en que yo escriba mi Historia; poner desinteresadamente mi obra, por algún tiempo, a disposición del Estado.

He aceptado escribir una nueva historia de Santo Domingo a pesar de mi poca idoneidad por la razón capital expresada en 1932, en mi introducción al curso oral sobre historia colonial, cuando digo: "El efecto más doloroso para nosotros de la decadencia de la isla ha sido que, desde entonces, la historia de ésta quedó enterrada en los archivos coloniales; y allí está y estará hasta que la rescate de la noción que la conciencia nacional va creando de sí misma y tan poco a poco como lo requiere el hecho de que la formación de la conciencia nacional depende del conocimiento de la historia patria". Cuando Ud. me propuso escribirla, envió a decirme que Ud. consideraba que prestaría un servicio eminente a las generaciones futuras aportando su concurso para que yo la escribiera, y yo acepté, por mi parte, el escribirla, con el único pero elevado propósito de contribuir, siquiera modestamente, a la formación de la conciencia nacional, que todavía no existe pero acepté teniendo cuidado en evitar, como se vé en las cláusulas primeras y séptima de mi contrato, que nadie pueda erróneamente figurarse que pertenezco a la farándula que sigue a Ud. como sigue a todos los potentados de la tierra, tratando de medrar a cambio de lisonjas.

Creo que, en honor a la verdad, si Ud. hubiera podido tener a mano y compulsar el contrato que he celebrado con el Gobierno Dominicano, no se habría expresado en la forma en que lo hizo, atribuyéndome un cargo que no tengo y una obligación que no me corresponde. Creo también que aunque Ud. me haya tratado muy poco, me conoce lo bastante, como me conoce todo el país, para saber que yo no me puedo consentir en verme uncido a ningún carro triunfal. La virtud y la ambición son en principio incompatibles. Los vencedores no tienen entrada franca en mi cristianizado espíritu. Los que la tienen son los pobres y los humildes. "Los humildes serán ensalzados y de los pobres es el reino de los cielos", dice el Evangelio. En cuanto a los grandes triunfadores, éstos pertenecen a la historia: ella se los entrega a la posteridad, y la posteridad ha de juzgarlos. No se puede formar Juicio histórico contemporáneo sin violar la jurisdicción de ese tribunal misterioso y supremo.

Yo no tengo "una mentalidad erudita". Sólo tengo ideas claras y rectitud de corazón. No he estudiado nunca por la simple curiosidad de saber, sino, conforme a Aristóteles, para ser bueno y obrar bien. En este sentido creo que la lectura de la historia es una suprema lección de moral. Es injustificado el desdén hacia la historia del pasado. No hay pasado obscuro. La obscuridad sólo está en nosotros. Es del pasado de donde viene siempre la luz con que vemos hoy con el espíritu las cosas, sencillamente porque no puede venir del porvenir. El porvenir sería tan obscuro como la muerte, si no fuera porque la luz de lo pasado es tan potente que permite prever ciertos acontecimientos de un futuro próximo. Y la ciencia difícil del mando es la eminencia sobre la cual la historia proyecta con más claridad la luz. Aunque la marcha de la humanidad sea progresiva, el hombre de Estado debe abismarse en la contemplación de lo pasado, porque éste es raíz, tronco y savia de los frutos del presente, sin los cuales éste se marchitaría y se secaría como rama arrancada del árbol.

Antes de elaborar sucesos históricos es indispensable estudiar los sucesos realizados por las generaciones anteriores. Ellos son la experiencia de la vida; ellos suministran las reglas y modelos. Y de modo singular necesita el político el conocimiento del pasado de su pueblo, porque ese pasado es la cantera de los materiales apropiados para la fábrica de una obra política verdaderamente nacional. La índole de un pueblo no puede estudiarse sólo en su generación viviente. En política ninguna solución es fácil; ningún error es teórico. Las disposiciones legislativas de un pueblo, aunque sean científicas; son perturbadoras cuando no respondan a sus necesidades, a su situación, opiniones y creencias. Lo que se llama reconstrucción nacional debe hacerse de acuerdo con lo pasado: la reconstrucción contra el pasado es pura ideología; es lo mismo que si para reparar un edificio, se prescindiese de él.

Los más grandes, guiadores de sociedades y de ejércitos han medido sus pasos por la lección de la historia y acuñado sus hazañas en este acerado y finísimo troquel. Los mejores reyes y capitanes de Grecia y Roma y del mundo se criaron y formaron en el regazo de la historia, y aún algunos magistralmente la escribieron. La almohada de Alejandro era la Iliada junto con su espada; César puso al lado de la suya sus admirables Comentarios; y Napoleón, en sus reflexiones sobre la campaña del Magno Macedonio, nos revela su atento y profundo estudio de lo pasado. El rey Alfonso el Sabio, el hombre más culto del siglo XIII, escribió la Historia de España para enseñar al pueblo español sus orígenes; también escribió la del suyo el profeta Moisés, mientras lo guiaba a la tierra prometida; y Mahomet el Conquistador leía y fundaba escuelas mientras combatía. La excelsitud no se improvisa. Las grandes acciones exigen poderoso y cultivado entendimiento, y necesitan ser puestas, antes de ser realizadas con audacia, bajo el signo de la prudencia, virtud suprema del que manda y rige pueblos y que sólo se acendra en la lección atenta de la historia.

La actual generación dominicana es precisamente, en mi pobre concepto, la más desgraciada de cuantas han hollado con su planta el suelo de la isla sagrada de América.

Débese ésto a la Ocupación Americana, que fué escuela de cobardía y envilecimiento, debilidad y corrupción, y cuya acción depresiva y deletérea destruyó la energía del carácter, la seriedad de la palabra, la vergüenza en el obrar, dejando, a la hora de la Desocupación, un pueblo muelle, despreocupado y descreído sobre esta tierra de acción y de fé, que fué almáciga de héroes desde los primeros tiempos del descubrimiento del Nuevo Mundo y que dió a éste, en el siglo XIX, un príncipe de la libertad en Francisco del Rosario Sánchez. Los poderes públicos deben estimular en nuestra juventud el florecimiento de aquellas energías de que dieron alta prueba Meriño frente a Santana, Luperón frente a España, Emiliano Tejera frente a Báez, Luis Tejera frente a la tentativa filibustera de 1905, y, frente al desembarco de los norteamericanos en San Pedro de Macorís, Gregorio Urbano Gilbert. Es menester buscar al historiador dominicano que más se asemeje a Tucídides, para que evoque en toda su épica belleza el proceso glorioso de esta república nuestra durante la Anexión y riegue con la corriente y declaración de los sucesos antiguos los modernos, a fin de vigorizar la debilitada cepa del presente.

Mi creencia, cada vez más arraigada, de que el pueblo dominicano no constituye nación, me ha vedado en absoluto ser político militante. No he sido, dentro de los términos de mi país, ni siquiera alcalde pedáneo. En una serie de artículos publicados en 1899 y reproducidos luego en "A Punto Largo", he escrito lo siguiente: "Gobernar es Amar". "Son, a mi ver, más compulsivos para el político que para el sacerdote los deberes de humanidad, dulzura, piedad y tolerancia, porque lo más grave de la ley es como afirma San Mateo. el juicio, la misericordia y la fé. Para mí la cuestión no es dispensar el bien y el mal como las divinidades antiguas, sino hacer el bien; es no adoptar resoluciones que no estén cimentadas en la rectitud del corazón, es dar al pueblo toda su personalidad enérgica y viril, fortificando diariamente su espíritu en el rudo ejercicio de la libertad, que es el único que produce los caracteres enérgicos que forman las naciones y mantienen independiente al estado de toda dominación extranjera; es proporcionar, no la educación meramente intelectual que sólo sirve para aumentar las filas de los peores auxiliares del poder, sino la que fecundiza, extiende y vivifica la libertad jurídica, hasta el punto de producir la libertad política, que es la verdadera libertad; es poner fuera. de todo alcance los derechos del ciudadano y reducir al mínimum necesario los de los poderes públicos, es finalmente, consagrarse al bien público con perfecto desinterés material e inmaterial, amar la pobreza y practicarla, despreciar el aplauso en absoluto, adoptar sólo los medios que justifiquen la nobleza de los fines y acuñar la paz en las palabras, en las medallas, en los actos y en las almas.

Suplico a Ud. dispensarme por haberle distraído de sus importantes ocupaciones, y espero que Ud. no tendrá inconveniente en reconocer, como es de estricta verdad y justicia, que no estoy encargado de escribir la historia del presente, sino la del pasado hasta el 26 de Julio de 1899, y que lo único a que estoy obligado, respecto del presente es a hacer una enumeración de los sucesos históricos a contar de 1899, todo de conformidad a mi contrato con el Gobierno Dominicano, de fecha 18 de julio de 1935; y que es conforme a este criterio que debo continuar escribiendo la Historia de la Isla de Santo Domingo.

Soy de Ud. Honorable Presidente, con sentimientos de la consideración más distinguida.

AMERICO LUGO
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Notas sobre Américo Lugo

AMÉRICO LUGO:
EL CARÁCTER REGRESIVO DE LA HISTORIA

Roberto Marte

En uno de sus textos históricos publicado en forma de folleto en 1947 titulado “Baltasar López de Castro y la despoblación del norte de La Española” Américo Lugo sigue el mismo esquema y utiliza más o menos los mismos medios de análisis que aparecen en su escrito de una década antes “La Española en tiempo de Fuenmayor” aunque es preciso subrayar que, tras más de 30 años de ejercicio esporádico del oficio de historiador (desde su primera visita al Archivo de Indias en 1911), en este estudio la selección de la documentación es más cuidada, incluso se detiene someramente en su análisis crítico en el ejercicio de sus competencias eruditas, lo cual le permite afrontar con cierto éxito el trabajo en profundidad del tema. Esta vez Lugo toma precauciones indispensables para comprobar cuán sincero es el testimonio principal que tiene a la mano, los dos memoriales de López de Castro.

Ahora bien, obviando estas observaciones cabría añadir que en este texto Lugo parte de un esquema compositivo que, sin ser una invención suya puesto que en el mismo se conserva la tradición de la vieja historiografía romántica en parte ya soslayada por los historiadores eruditos que fueron depuntando con el siglo XX, sin duda estaba condicionado por su actitud hacia el pasado, de la cual se derivaba esa, cabría decir, visión de la historia a la cual se dedicó el historiador guiado, no por el finis operis de los “estudios científicos vulgares” como ya era propio de aquel tiempo, sino por el afán de exhaustividad llamado a convencer a los lectores de un arte trascendente y moralmente profundo.

Como lo indica su título, “Baltasar López de Castro y la despoblación del norte de La Española”, este ensayo intenta mostrar exclusivamente la relación del personaje López de Castro con dicho suceso efectuado en el norte de La Española durante los años 1605 y 1606. El autor no reconstruye la historia de las despoblaciones como un cuadro conjunto con todos sus pormenores heterogéneos y acciones paralelas (los llamados “hechos intermedios”) a veces contradictorias por la vía del naturalismo, digamos fiel al pasado como lo hicieron Del Monte y Tejada o García. Las coordenadas esquemáticas de las cuales parte el relato le imponen al mismo la máxima economía de medios: cortes de episodios, ahorro de detalles y de reiteraciones, etc., pero también le impiden la caracterización de su personaje, Baltasar López de Castro (porque de esto se trata si, como lo sugiere Lugo, las despoblaciones han de atribuírsele a su obra) que, de la forma en que el autor la pensó, debió constituir el núcleo referencial de esta historia.

El esquema compositivo que constituye la armazón del discurso de Lugo está organizado de la siguiente manera: comienza el relato poniendo en escena al personaje principal, López de Castro, como un funcionario auxiliar del régimen colonial español en la isla, un hombre corriente (“era hombre para empresas de medro, pero no de gloria”) a quien, pese a ello, no le faltan las virtudes del burócrata: “escribe bastante bien, pero con desleimiento y redundancia. . .encubre su ambición en una traza de modestia y muestra preocupación religiosa y celo por la grandeza del reino y la gloria del monarca”.

En esta particularidad se esconden los motivos del personaje, los cuales le dan estabilidad a la trama que a seguidas se desarrolla. Lugo utiliza esas características del personaje como escenario para crear un ambiente negativo en la percepción del lector sobre la época histórica, el siglo XVII, en que se desenvuelve la intriga. En realidad esto es muy acorde con lo que el historiador quiere presentarnos: una sociedad dominicana apenas en sus orígenes y ya en vías de disociación (la historia configurada en un sentido regresivo) que va perdiendo los contornos concretos de la edad de oro (de escasamente seis décadas) de un siglo XVI de conquistadores y colonizadores españoles que hicieron de la nada la colonia.

Este elemento mítico constituye el punto de partida del carácter regresivo de la historia que le sirve a Lugo para periodizar el pasado en sintonía con la imaginería romántica de la historiografía decimonónica. Pero no se olvide que en las convenciones del relato histórico dominicano desde Delmonte y Tejada en adelante, el siglo XVII (el cual más que designar un hecho concreto, constituye una entidad lingüística) representa el pasado dominicano visto como decadencia, la cual a menudo apareció en los escritos históricos de la época como si se hubiera debido a la fatalidad o a la fortuna porque el tema, de suyo un tema romántico, da especial relieve a los hechos afectivos por el hábito de los historiadores de entonces de concebir pictóricamente el sujeto histórico en su condición trágica de acuerdo con la poética del “grand theme”.

Desde luego, el elemento central de la argumentación, de que el siglo XVII fue el siglo de la adversidad, de la decadencia y del fracaso ya estaba tematizado con una carga simbólica desde el momento en que los historiadores pensaban el devenir humano como un proceso en expansión, como progreso, por lo tanto, opuesto a cualquier interpretación del pasado colonial en sus propios términos. Américo Lugo, valiéndose de frases narrativas, parte de las consecuencias que produjo la aplicación de dichos memoriales, cosa que no podía conocer el autor de los mismos cuando fueron escritos ni cuando estuvo en la tarea de que fueran acogidos por la autoridad real de entonces.

De manera que mediante una argumentación proléptica en busca de llegar a un fin, Lugo hace que la función de su personaje principal dependa de las consecuencias de sus arbitrios: antes de urdir la intriga del relato y por lo tanto antes de enhebrar las acciones que intervinieron en las consecuencias de la función y no a la inversa como fue en realidad en el tiempo en que ocurrieron los hechos ya el historiador emite un juicio moral y político, aunque en esto Lugo procede del mismo modo que los colegas de su tiempo acorde con el dictum de que la historia es un tribunal supremo sujeto al arbitrio del tiempo.

Si las motivaciones de los actores históricos no constituyen el problema más importante del texto de Lugo, vale preguntarse ¿cómo se explica entonces el historiador la circunstancia que motivó la medida extrema de las despoblaciones, un acontecimiento de suyo tan problemático? Su explicación estriba nada más y nada menos que en la estrategia compositiva del relato en los términos ya indicados. Por eso el historiador comienza destacando, en un sentido opuesto a la sucesión real de las cosas y utilizando a López de Castro como chivo expiatorio de “la medida aciaga”, el revés que las despoblaciones de la región noroeste (es decir, sus consecuencias) representaron para el destino de la isla. Todo el peso del relato de Lugo recae en los dos memoriales de López de Castro como una sentencia, sin mencionar siquiera el amplio espectro de factores cocausales que concurrieron en la verificación del acontecimiento.

Como se ve, pasadas ocho décadas después de los primeros trabajos histórico-literarios de José Gabriel García hasta ya entrado el siglo XX no hubo cambios espectaculares en la historiografía dominicana, salvo acaso el documentalismo de los nuevos historiadores eruditos al iniciarse el siglo. La obra historiográfica de Américo Lugo coincide con las de sus predecesores decimonónicos en varios aspectos: en el aspecto de la investigación, en la importancia otorgada a los documentos como único medio de garantizar la autencidad de sus enunciados; en el aspecto de la enunciación, no tanto en las fórmulas compositivas como en sus artefactos literarios y en su sentido ontológico: en la disposición de los roles que se atribuye a los personajes históricos, en el tratamiento de las motivaciones de éstos, siempre animado por creencias hispanistas y por la intervención de seres y acontecimientos trascendentes (arquetipos y estructuras míticas) que confluye en un punto de vista existencial historicista y en un lenguaje congruente con el mismo para representar el pasado. Esto es, coincidencias en las convenciones heurísticas, linguísticas e ideológicas.

Aun cuando los conflictos de la historia simbolizan la lucha entre la libertad y la injusticia que constituyen, como en la historiografía del anterior siglo, la pulsión vital de la historia, en Lugo antes de nacer la nación sucumbe en la condición trágica de su existencia. Lo que hace como historiador es describir estas circunstancias como si fueran el auténtico escenario de la historia.

Paradójicamente, aun cuando Lugo apenas se ocupó de la historia nacional, también llamada republicana, es obvio que su visión de la sociedad dominicana y de su historia tiene mucho que ver con las experiencias calamitosas que acompañaron la fundación de la república y con las coyunturas históricas concretas que por ignorancia o fruto de las pasiones políticas arrastraron a las masas de sus compatriotas en el pasado reciente. De este contexto, por lo tanto, y no de la historia antigua, se deriva su argumento de que los sentimientos patrióticos más elementales (o protonacionales) no bastaban para crear el Estado y que el fracaso de éste se debía a la ausencia de una nación que le sirviera de sustento.

Suplemento Biblioteca del Listín Diario, 30 de marzo 2003
http://www.cielonaranja.com/martelugo.htm

HUBO FALSO PATRIOTA EN CADALSO DE SAN JUAN
Por Agustín Concepción
Ahora, No 571, 21 Octubre 1974 Hubo por lo menos un patriota de contrabando en el patíbulo levantado en San Juan de la Maguana el 4 de julio de 1861.

El falso patriota fue Romualdo Montero, comandante de El Cercado, reputado dos veces traidor y quien compareció como acusador ante el consejo de guerra que juzgó al prócer Francisco del Rosario Sánchez y a sus compañeros de gloria y de martirio.

Montero, quien había actuado en la guerra separatista, había entregado la plaza de El Cercado a los patriotas dominicanos llegados de Haití en junio de 1861 dentro de la expedición encabezada por Sánchez y Cabral. Esta entrega había obedecido a la creencia de que el triunfo sería fácil para los abanderados de la causa dominicana.

Al evidenciar lo contrario, con el retiro de la ayuda prometida por Geffrard , Montero se volvió contra los patriotas y, con el concurso de sus parientes Santiago y Fructuoso de Oleo, preparó la emboscada que habría de culminar en la hecatombe de San Juan.

Según consigna el historiador don Rufino Martínez, “siguiendo (Montero) el curso escabroso de la traición y atento a quedar libre de culpa, completó su obra compareciendo ante el Consejo de Guerra a acusar e injuriar a los patriotas caídos”.

Agrega Martínez: “Pero convicto de haber sido desleal como jefe de El Cercado, quedó indirectamente honrado al ser incluido entre las víctimas del patíbulo, altar de la patria erigido en San Juan el 4 de julio de 1861”


FALSO PATRIOTA

A pesar de esa evidente doble traición (a las autoridades españolas y a los patriotas, Romualdo Montero aparece como una de las victimas del cadalso de San Juan.
Entre los autores que incluyen a Romualdo Montero en la categoría de “victima del patriotismo” están José Gabriel García, Leonidas García, Ramón Lugo Lovatón, Damián Báez Blyden, Pedro L. Vergés-Vidal y R. Marrero Aristi.

Ni siquiera por el hecho de que unos autores fijan en 20 y otros en 21 el número de víctimas, se da el caso de que entre los que reducen la cifra haya uno que omita el nombre de Romualdo Montero. Así ocurre en la relación ofrecida por el licenciado Báez Blyden (A quien éste omite es a Segundo Mártir).

El historiador García, otro de los que reducen el número a 20, también incluye a Montero. A quien excluye es al ya referido Segundo Mártir, omitido por Báez Blyden. En cuanto al mismo don José Gabriel García hay que aclarar que en la reciente cuarta edición de su Compendio de la historia de Santo Domingo aparece una nota en la que consta que Sánchez “sólo acusó a Montero, el que le entregó El Cercado, cuando se presentó a declarar en contra suya, diciéndola que debía estar con él (Sánchez) en el banquillo de los acusados”.

A pesar de la nota aclaratoria el nombre de Romualdo Montero se mantiene en la relación original de la obra de García. CONTRASTE Contrastando con el falso patriota que fue al cadalso por carambola, hubo por lo menos un auténtico patriota que escapó del martirio. Se trata del prócer Pedro Alejandrino Pina, consigna: “En El Cercado estuvo a punto de ser victima de la traición infame que llevó a Sánchez al patíbulo en San Juan de la Maguana, pero salvado milagrosamente por el Capitán Timoteo Ogando, práctico inteligente de las comarcas fronterizas, pudo salir con vida de Haití y retornar de nuevo a la República de Venezuela”.

Por otra parte, se asegura que el benemérito general noroestano José Cabrera también escapó del patíbulo en 1861. Así consta en la conocida relación hecha al doctor Américo Lugo por el general Juan Francisco Sánchez (Papí), hijo del prócer Sánchez.
Esta versión la admiten, entre otros, los historiadores Pedro M. Archambault y J. Marino Incháustegui.

Sin embargo, la participación de Cabrera en los sucesos de El Cercado que precedieron la hecatombe del 4 de julio no está admitida generalmente.

Hay quienes la objetan con el alegato de que se trata de una invención del doctor Lugo, hija del interés de presentar la acción de Capotillo como un engendro de El Cercado.

CONCLUSIONES

Por lo demás, lo cierto en todo esto es que a Romualdo Montero, según lo sugerido en pleno juicio por el prócer Sánchez, lo condenó por traidor el consejo de guerra presidido por Domingo Lasala; que esa condena se le impuso por haber entregado a los patriotas dominicanos la plaza de El Cercado.

Cierto es igualmente que Romualdo Montero, por su posterior traición al bando patriota, recibió al propio tiempo el veredicto adverso de la posteridad.

Sin embargo, por su inexplicable operación de contrabandismo histórico, su nombre continúa indebidamente asociado a una veintena de inconfundibles mártires del patriotismo.

Se trata de uno de tantos casos increíbles de nuestra historia; de un caso en el que, como el contrabando es imperdonable la ignorancia resulta inconcebible.

 


En el sector de Villa Juana esta calle hace intersección con la José de Jesús Ravelo, Profesor Amiama Gómez, Tunti Cáceres, Peña Batlle, Francisco Villaespesa, Mauricio Báez, Paraguay, Américo Lugo, Arturo Logroño. Marcos Ruiz, Ernesto Gómez y Pedro Livio Cedeño.