Nuestras Calles

Altagracia Saviñón

Vivía en la locura pero en momentos
de lucidez escribía hermosos versos

Escrito por Ángela Peña

 

Su existencia fue trágica, lastimosa, lúgubre como casi toda su poesía. Vivió prácticamente sumida en la locura, sin embargo, tuvo momentos de lucidez para escribir versos bellos, sonoros, originales, prístinos. Para ser maestra, aunque a veces la asaltaban frente a sus alumnos las crisis demenciales y debía cerrar por temporadas la escuela particular que fundó en el barrio de San Miguel. Y tuvo claridad mental, también, para romper el mito del sexo débil sometido y ser pionera del modernismo en la República Dominicana.  Murió alucinando, envejecida a destiempo, enajenada en un manicomio donde el frenesí sepultó la musa de la excepcional creadora del célebre vaso verde que la inmortalizara.

Así transcurrieron los días de la excelsa Altagracia Saviñón, Tatá, para sus familiares, la “Violeta de la fronda”, como firmaba en principio sus poemas, La más simpática señorita del Ozama, como la distinguieron en 1901 cuando apenas contaba dieciocho años. “¿Simpática no más?... Hablan tus ojos/ de algo sublime, seductor y tierno, / de luz, de amor y de ignorados ritmos/ que no le es dado traducir al verso”, le escribieron entonces. En verdad era bella. Don Mariano Lebrón  Saviñón, su primo, no la conoció en su juventud pero sabía de los encantos de la ilustre literata por referencias que le hacia su madre, doña Cándida Rosa Saviñón,  prima de la poeta. “Sé que era muy hermosa, que tenía muchos admiradores que la seguían”. Nunca casó, empero. Su gran amor fue el poeta Osvaldo Bazil de quien se dice que se retiró de la novia ante el desarrollo de la enfermedad mental que la afectaba.

Altagracia Saviñón pertenece al modernismo, hay quienes dicen que ella fue quien lo introdujo en Santo Domingo, es como decir que ella fue quien trajo a Rubén Darío. Mi vaso verde es un poema realmente modernista, con elementos de una belleza extraordinaria. Cantarle a un vaso verde tan llena de nostalgia, tan llena de tristeza, porque era una mujer muy sufrida, hermosa, pero enferma. Para Max Henríquez Ureña, ese es el primer poema modernista del país, por lo cual, la pone como pionera, contrario a la corriente que le daba este honor a Valentín Giró. Mi Vaso verde se publicó en 1900 y la Virgínea, de Giró, en 1902, de modo que ella es la introductora del modernismo en Santo Domingo”, expresa don Mariano.

El laureado intelectual cuenta conmovido la historia de la humilde muchacha que fue triste desde niña y en la que el dolor “le venía cabalgando a grupa de los genes”. Habla con entusiasmo de la escritora y llora cuando relata el angustioso momento del encuentro con ella en el sanatorio.

Una sola familia

“Los Saviñón eran todos una familia. Vinieron de Canarias y se establecieron en San Carlos y durante una larga etapa hubo una fusión entre Saviñones, es decir, una sola familia”, explica Lebrón Saviñón.  Las uniones entre familiares, agrega, provocó que vinieran con una tara. “Entre los Saviñones y los Lluberes hubo muchas personas que fueron al manicomio, otros eran muy raros, pero tenían fama de talentosos, inteligentes”. Tatá, añade, tenía tres hermanos, el trató a Carmela y menciona un varón con cierto desequilibrio que se paseaba por las calles improvisando versos.

“De Tatá yo recuerdo que se repetía mucho su nombre, que yo recitaba sus poemas, bellísimos, sobre todo llenos de novedades. Aquí las mujeres generalmente no escribían y las que lo hacían eran muy clásicas, de modo que en este grupo de gente, Tatá brillaba como una mujer esplendorosa y verdaderamente creadora, yo sabía que era un poco humilde, eran pobres”, narra.

Interrumpe el relato, recita Mi vaso verde y comenta que a sus profesoras le sorprendía que un niño de diez años “tuviera esas admiraciones por metáforas que entonces eran muy atrevidas”. Mi vaso verde, añade, “es un poema genial, de una vigencia extraordinaria, se publicó en todas partes y se empezó entonces a hablar de ella ya como poetisa. Se olvidaron otros poemas que ella escribió, muchos han desaparecido, pero los que hemos encontrado están todos llenos de amargura, tristeza, melancolía y de nostalgias muertas, es que cuando le afloraban esos delirios... ”.

“Mi vaso glauco, pálido y amado,/ donde guardo mis flores predilectas,/ tiene el color de las marinas algas,/ tiene el color de la esperanza muerta... / Las flores tristes, las dolientes flores/ en el agua del vaso se refrescan,/ y bañan sus corales pensativas/ en una blanca idealidad de perlas./ Y luego se van lejos... se marchitan/ abandonadas, pálidas, enfermas/ muy lejos del cariño de ese vaso/ que es del color de la esperanza muerta...”.  “¡Es un poema perfecto, asonante, el primer poema revolucionario!”, exclama recordando también La serenata de Schubert, que él afirma la dama le dedicó a Bazil pero que otros autores aseguran que a Max Henríquez Ureña:

Las notas del pesar hirió el artista, / y al doliente gemir del oceano/ su música divina habló a mi alma/ ese lenguaje trágico/ que en noche triste hablaron al poeta/ la virgen muerta y el callado piano... Este también lo declama emotivo Lebrón y lo interrumpe para comentar: “es que era poetisa, profundamente poeta, dejó una obra, perdida, por desgracia, y sobre todo un poema fundamental por el cual se le atribuyó la introducción en el país de un movimiento muy hermoso, el gran movimiento americano. Ella es un hito dentro de la poesía dominicana”.

Destaca su honestidad, manifiesta el orgullo de ser su pariente y considera justo el homenaje de una calle con su nombre. “Es una de las mujeres que realmente iniciaron el gran movimiento femenino en la Republica, es decir, se dio a conocer ampliamente, sin temor, sin resquemor, ella se impuso, tuvo lapsos largos de normalidad donde hacía vida social y era muy celebrada”.


Altagracia Saviñón

Altagracia Zoraida Saviñón y Saviñón nació en Santo Domingo el veintiocho de septiembre de 1886, hija de José Francisco Saviñón y Águeda Filomena Saviñón Bordas. Sus composiciones aparecieron generalmente en las revistas La Cuna de América y Fémina. “En su producción poética empezó a reflejar las inquietudes del alma que finalmente atentaron contra su equilibrio emocional”, escribe el doctor Santiago Castro Ventura. Otros poemas suyos son Sobre las melodías, Nostalgia, ¡Mírame desde lejos!, Postal, en el que evoca la locura de Ofelia y Hamlet, clásicos personajes de Shakespeare. De acuerdo al  psiquiatra Antonio Zaglul, Altagracia padecía una esquizofrenia de tipo paranoide, cuya primera explosión psicótica apareció a los treinta y ocho años.

El literato Rafael Andrés Brenes la visitó en su vivienda de San Miguel, una casa de madera pintada de verde, con una lámpara encendida, un cuadro, dos sillas y sobre un cajón una tabla de jalaos y una mecedora en la acera. Ella estaba vestida con un sayón gris de San Francisco y desmenuzaba nerviosamente los bordes del cordón que se abrazaba a su cintura. Confesó al intelectual: “Aquí, ya usted ve, vivo para mí sola: todavía alguna amiga me recuerda y viene a verme. Porque, como usted no ignorará, yo estuve enferma, y desde entonces algunas de mis amigas temen contagiarse. Pero a mí no me duele. Yo trabajo, hago mis motas para vivir. Y cuando no tengo con quien hablar, hablo con los astros en las noches y con mis recuerdos siempre”.

Lebrón Saviñón describe la visita que dispensó a la enferma: “...En una celda de  sólida reja férrea estaba Tatá canosa, con la mirada vaga y una sonrisa triste con un rictus trágico y amargo. La llamamos por su nombre y quedó cérea, con sus ojos perdidos en el vacío del mundo. Le dijimos nuestro nombre, enfatizando el segundo apellido, sin lograr conmoverla. Entonces recitamos en voz alta los primeros versos de Mi vaso verde y la sentimos estremecerse: destellaron sus ojos y comenzó a recitar versos incoherentes, como si fueran materiales oníricos de una pesadilla de Raimbaud o de Lautremont tenebroso. Fue la única vez que la oímos y hemos pugnado por borrar ese recuerdo”. Murió el veintitrés de diciembre de 1942.

En su honor se designó Altagracia Saviñón la calle de Los Prados que nace en la Nicolás Ureña de Mendoza y termina en la Eugenio Deschamps.